¿Cuántos Trump hay?

Fernando Buen Abad Domínguez*

Hoy el antimperialismo no constituye un añadido doctrinario ni una consigna retórica dentro del llamado progresismo o izquierda de hoy; surge como consecuencia lógica de toda política que aspire a profundizar la soberanía nacional.

Allí donde intereses externos condicionan las decisiones económicas, financieras, tecnológicas o comunicacionales de un país, cualquier proceso transformador enfrenta riesgos de neutralización, captura o retroceso. Por ello, urge comprender y reconocer que la soberanía efectiva es el criterio decisivo para evaluar el alcance histórico de cualquier cambio. 

Y las transformaciones nacionales no pueden medirse únicamente mediante indicadores de crecimiento económico, programas sociales o reformas institucionales. Tales avances son importantes, pero dependen de una cuestión más profunda: la capacidad de un pueblo para controlar las condiciones materiales, culturales, científicas y simbólicas que determinan su existencia histórica.

En este sentido, la cercanía de Latinoamérica con el principal centro de acumulación capitalista del continente, la magnitud de sus recursos estratégicos, el peso de su fuerza de trabajo y la riqueza de su tradición cultural la convierten en un escenario privilegiado para observar la tensión permanente entre soberanía y dependencia. 

Porque la historia latinoamericana muestra que el problema imperial adopta formas cambiantes sin alterar su esencia. Desde las intervenciones militares del siglo XIX hasta los mecanismos contemporáneos de subordinación financiera, tecnológica y comercial, la disputa por el control de la riqueza nacional ha sido una constante.

Después de décadas de predominio neoliberal, periodo caracterizado por la privatización de bienes públicos, la reducción del papel del Estado, la subordinación de decisiones estratégicas a organismos financieros internacionales y la expansión irrestricta de los intereses del capital trasnacional, la izquierda se ha vuelto muy matizada y poco diferenciada en lo esencial frente a sus contrapartes derechistas.

Y los resultados de esa etapa son ampliamente conocidos: concentración extraordinaria de la riqueza, precarización laboral, debilitamiento productivo, desigualdades territoriales crecientes y erosión de mecanismos de cohesión social.

Frente a ello, la recuperación del papel del Estado adquirió una importancia estratégica. No se trataba simplemente de administrar mejor los recursos, sino de reconstruir capacidades colectivas para intervenir sobre procesos económicos que habían sido presentados como inevitables. La ideología neoliberal convirtió al mercado en una entidad casi sagrada, capaz de resolver por sí misma los problemas sociales. 

De ahí la necesidad de recuperar la política como espacio legítimo para decidir democráticamente los fines de la vida colectiva. Sin embargo, cuanto más avance una política orientada a democratizar la riqueza y ampliar derechos sociales, más visibles se vuelven los límites impuestos por estructuras internacionales de poder. Aquí aparece la importancia de la lucha de clases como herramienta interpretativa. Las élites económicas operan cada vez más por medio de redes globales de acumulación que integran corporaciones trasnacionales, mercados financieros, plataformas tecnológicas, organismos multilaterales y conglomerados mediáticos. Así la disputa contemporánea tampoco se limita al control de recursos materiales. 

El capitalismo actual incorpora nuevas formas de dominación basadas en el conocimiento, los datos, la propiedad intelectual y las infraestructuras digitales. Quien controla plataformas tecnológicas, algoritmos y sistemas globales de información posee instrumentos extraordinarios para influir sobre economías, culturas y sistemas políticos enteros. Por ello, la soberanía tecnológica se convierte en un componente inseparable de la soberanía nacional. 

Del mismo modo, la batalla cultural posee una importancia equivalente a la económica. Ninguna estructura de dominación se sostiene únicamente mediante la coerción. Necesita legitimidad simbólica y producción permanente de sentido. Los grandes conglomerados mediáticos contribuyen a naturalizar la desigualdad, presentando la riqueza extrema como resultado exclusivo del mérito individual y cualquier intervención pública como amenaza a la libertad. 

Desenmascarar estas operaciones ideológicas constituye una tarea central de todo proyecto emancipador. No basta con modificar políticas públicas; es necesario promover formas superiores de conciencia social. La democratización del conocimiento, la educación crítica, el fortalecimiento de la investigación científica y la recuperación de la memoria histórica son condiciones indispensables para una ciudadanía capaz de comprender las causas profundas de la desigualdad y actuar sobre ellas. Desde esta perspectiva, el antimperialismo implica también una redefinición de las relaciones internacionales. 

La cooperación entre pueblos debe basarse en la reciprocidad, el respeto mutuo y el beneficio compartido, no en jerarquías impuestas por el poder económico. Esta orientación resulta especialmente relevante para América Latina, región cuya historia ha estado marcada por la tensión entre proyectos de integración soberana y mecanismos de fragmentación funcionales a intereses externos. Tal antimperialismo, además, no expresa hostilidad hacia pueblos específicos. 

Su crítica se dirige a las estructuras que subordinan la vida humana a la acumulación privada. Su preocupación central es la dignidad de quienes producen la riqueza social sin participar plenamente de sus beneficios. La cuestión involucra no sólo la distribución de ingresos, sino también el derecho colectivo a decidir sobre los recursos naturales, las prioridades científicas, el desarrollo tecnológico y la orientación general de la sociedad. 

Cada conquista social revela nuevas dependencias; cada ampliación de derechos encuentra resistencias de grupos acostumbrados a convertir privilegios históricos en prerrogativas naturales. En ese punto de maduración política, la justicia social y la soberanía nacional aparecen como dimensiones inseparables de un mismo proceso. 

En ese nivel, el antimperialismo representa un desarrollo más consecuente, la forma histórica mediante la cual una sociedad busca asegurar que los frutos de su trabajo, su inteligencia, su cultura y recursos sirvan al bienestar colectivo y no a la reproducción de mecanismos de dominación que perpetúan las desigualdades del mundo. 

*Doctor en filosofía 


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