Cuando la popularidad pretende gobernar

Reflexión sobre liderazgo, democracia y el desafío del voto en la era digital

Hay épocas en las que las sociedades se enfrentan a un desafío silencioso: decidir si el prestigio público debe medirse por la capacidad de atraer atención o por la aptitud para asumir responsabilidades. La República Dominicana comienza a vivir ese momento. Nunca como ahora había sido tan fácil alcanzar notoriedad y, al mismo tiempo, tan difícil distinguir entre la influencia mediática y el liderazgo político.

Las redes sociales han transformado la comunicación y ampliado la participación ciudadana. Ese avance merece ser celebrado. Han democratizado la palabra, acercado gobernantes y gobernados y permitido que muchas voces antes invisibles formen parte del debate nacional.

Pero toda revolución tecnológica trae consigo nuevos riesgos. El principal consiste en confundir la popularidad con la competencia. En un entorno donde los algoritmos premian lo llamativo, la visibilidad puede terminar proyectándose como si fuera una prueba de capacidad para gobernar.

Fue esa preocupación la que llevó a Umberto Eco en junio del 2015 durante una conferencia en Turín, a formular una de sus reflexiones más citadas: «Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas… Es la invasión de los necios». Más allá de la provocación de la frase, su advertencia apuntaba a un problema de fondo: cuando desaparecen los criterios para distinguir el conocimiento del ruido, la calidad del debate público se resiente.

En la República Dominicana algunos influencers han manifestado interés en participar en la competencia política, incluso con aspiraciones presidenciales. Ese derecho les pertenece como a cualquier ciudadano que cumpla los requisitos constitucionales. La discusión, por tanto, no debe centrarse en quién puede aspirar, sino en los criterios con los que el electorado decide otorgar su confianza.

Administrar un Estado exige conocimientos, experiencia, prudencia, visión estratégica y capacidad para construir consensos. Gobernar implica tomar decisiones económicas, institucionales y sociales que afectan a millones de personas. Son responsabilidades que no pueden evaluarse por el número de seguidores, las reproducciones de un video o la frecuencia con que un nombre aparece entre las tendencias.

La democracia necesita pluralidad, pero también ciudadanos capaces de ejercer un juicio crítico. El voto debe premiar las propuestas, la trayectoria y la integridad antes que la fama circunstancial. Una sociedad madura escucha todas las voces, pero no renuncia a distinguir entre una celebridad y un estadista.

Nuestro país enfrenta retos complejos que exigen liderazgo sereno y competente. En ese contexto, la pregunta decisiva no es quién domina mejor el algoritmo, sino quién está mejor preparado para conducir la República con responsabilidad y sentido de Estado.

Porque cuando la popularidad pretende gobernar, el verdadero examen no lo presenta el candidato. Lo presenta el elector.

Por Leonardo Gil, consultor politico


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