La FIFA, el fútbol y los goles de la derecha

Abraham Nuncio

El futbol, en manos de la FIFA, una empresa leonina, corrupta y al servicio de los grandes intereses de Estados Unidos y Europa que aspiran al dominio de la humanidad mediante la guerra, el terrorismo y la destrucción, no es una “fiesta deportiva”. Se trata de una organización que ha conseguido convertir a un deporte masivo en un multimillonario negocio trasnacional disfrazado de una entidad sin fines de lucro y en un espectáculo orientado a estupidizar a las grandes mayorías.

Los gobiernos de todos los países del mundo participan, con un ánimo de exaltación que ya quisieran los trabajadores verlo invertido en sus condiciones laborales, o los artistas e intelectuales traducido al impulso de la educación, la ciencia y la cultura, en ese proceso de estupidización generalizada que propician, inducen y difunden como bien común, siguiendo a la FIFA, los dueños de bancos, oligopolios y monopolios internacionales y nacionales. Ni siquiera cabe sospechar de su participación, pues el propósito de estas expresiones del capital, como las formulaciones de la política imperialista al uso es mostrarse, encabezadas por la Coca-Cola, lo más descarnadas posible.

El modus operandi de la FIFA queda muy claro. El país al que selecciona como sede se obliga a realizar las obras de infraestructura para la celebración de los partidos. Son obras que el gobierno en cuestión no suele concretar con semejantes vigor y entusiasmo en favor de mejores condiciones de vida para su población. Esta inversión no la recupera fiscalmente en virtud de la derrama esperada vía el turismo que acude a presenciar los partidos.

Tampoco recupera esa inversión cobrando a la FIFA los impuestos correspondientes, pues otro compromiso fundamental que asume el gobierno del país sede es exentarla parcial o totalmente de los impuestos producto de sus ingresos que se elevan a miles de millones de dólares. México, que no deja de mostrarse generoso con los intereses de las empresas, sobre todo si éstas son trasnacionales, exenta a la FIFA del total de los impuestos generados.

Pero la población del país sede ya está inmersa en la competencia de los partidos, su biografía, sus jugadores, sus jugadas. Metida en la camiseta del partido de su preferencia, le asigna a su diseño el valor de su país, de la patria. Ya bebe su Coca o su cerveza y se engolfa en la estridencia de los cronistas que reseñan a grito herido cada gol realizado. No va a andar esta población fijándose en que no es sino la clientela hipnotizada por una maniobra perversa. Una maniobra que tuvo su antecedente manipulativo en la Italia fascista y en la Alemania nazi, y que se ha expresado en época más reciente en dictaduras y gobiernos represivos como la junta militar de Argentina, la presidencia de Díaz Ordaz o en otra dictadura, como es la de Qatar, velada por su monarquía absoluta y con la complicidad de Estados Unidos y el resto de países occidentales y orientales toda vez que cuenta con la tercera mayor reserva de gas en el mundo.

Hay mundiales –y Olimpiadas– que no debieron ser, dice Federico Bonasso. El de 2026 es uno de ellos. Los gobiernos del mundo, con su anuencia silenciosa, se han tornado cómplices del premio bufo a la paz otorgado por la FIFA a Donald Trump. Y su participación en este Mundial, marcado por el oprobio, no es sino un tributo a este déspota reo de genocidio, crímenes de lesa humanidad y estruendosas violaciones a los derechos humanos y civiles. 

Pero con esa actitud reverencial que nosotros podemos ver de manera subrayada en nuestros países, la manipulación permite que muchas fallas y excesos gubernamentales se conviertan en demagogia de los gobiernos y su base partidaria, y que así se invisibilicen los problemas y lacras sociales.


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