Leonardo Gil
En política, pocas frases generan tanta incomodidad como esta: la estrategia no se discute, se ejecuta. Incomoda porque va en contra de una costumbre muy arraigada en nuestras campañas: confundir debate interno con inteligencia, improvisación con autenticidad y opiniones personales con visión estratégica.
Una campaña electoral no es una asamblea permanente de ideas. Es una operación de poder. Y el poder no se construye a partir de conversaciones infinitas, sino de decisiones claras sostenidas en el tiempo.
La estrategia nace para resolver un problema concreto: cómo ganar. Cuando ese diagnóstico está hecho, cuando se define el adversario, el terreno de disputa, el mensaje central y el camino de victoria, la discusión estratégica se cierra. A partir de ahí, lo que corresponde no es debatirla cada día, sino ejecutarla con disciplina.
Sin embargo, muchas campañas fracasan porque nunca salen de la fase deliberativa. Cada reunión reabre lo ya decidido. Cada coyuntura provoca un cambio de rumbo. Cada actor cree tener derecho a reinterpretar la estrategia según su intuición, su ego o su miedo. El resultado es predecible: mensajes contradictorios, candidatos erráticos y equipos que caminan en direcciones distintas.
La estrategia no es democrática. La ejecución sí puede ser participativa, pero la estrategia es jerárquica. No porque desprecie al equipo, sino porque necesita coherencia. Una campaña donde cada quien opina, ajusta y redefine, es una campaña que le deja el control narrativo al adversario.
Ejecutar estrategia implica aceptar límites. Saber qué no decir, qué no responder, qué batallas no pelear. Implica entender que no todo ataque merece respuesta y que no toda oportunidad aparente es una oportunidad real. Implica renunciar al protagonismo individual en favor de un objetivo colectivo.
El candidato es el primer obligado a entender esto. Cuando el candidato improvisa, relativiza o contradice la estrategia, el mensaje que envía al equipo es devastador: nada es definitivo, todo es negociable. A partir de ahí, la indisciplina se vuelve contagiosa.
Las campañas que ganan no son las más creativas, ni las más ruidosas, ni las más simpáticas. Son las más consistentes. Aquellas donde el territorio repite lo mismo que las redes, donde el discurso coincide con la pauta, donde el silencio también es una decisión estratégica.
Discutir la estrategia durante la campaña suele ser una señal de inseguridad, no de inteligencia. Cuando la estrategia es sólida, se prueba en la realidad, se ajusta tácticamente si es necesario, pero no se somete a plebiscito interno cada semana.
En política, como en la guerra, la confusión interna es una ventaja para el enemigo. Por eso, la estrategia se piensa, se define, se comunica y luego se protege. Y a partir de ahí, se ejecuta. Sin excusas. Sin reinterpretaciones. Sin nostalgia por lo que pudo haber sido.
Porque al final, las elecciones no las ganan los que más discuten, sino los que mejor ejecutan.
Y la pregunta queda sobre la mesa:
¿Tu campaña tiene una estrategia… o solo una conversación permanente sobre lo que debería hacer?
(El autor es consultor político y de gobierno)
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