Nadya Rasheed *
Desde la creación del Estado de Israel, lo ocurrido en Palestina ha ido acompañado de un adoctrinamiento que normaliza la distorsión de los derechos y valores humanos en el mundo.
Un niño palestino amputado, o decenas de miles mutilados en Gaza, son una noticia. Diaria ¿Es normal que haya más de 21 mil 600 niños asesinados ante nuestros ojos? Ante la aniquilación de mi pueblo, hablar de crisis humanitaria es un insulto: lo que hay son crímenes de guerra, crímenes de lesa humanidad y la destrucción sistemática de un pueblo. Enfrentamos una matanza intensificada desde 2023, un genocidio que, desde la lógica israelí, debe continuar. La demanda de un alto al fuego verdadero debe ser urgente y global. El fin de la ocupación no es un capricho: no se trata sólo de Palestina, se trata de resistirse a la normalización del genocidio. Gaza es el gran experimento de un proceso de selección que va más allá de nuestras fronteras: una advertencia futura.
Itamar Ben-Gvir, ministro israelí de Seguridad Nacional, afirma públicamente que todos los israelíes comparten su perspectiva sobre matar palestinos. El gran rabino David Yoseff celebra la destrucción de Gaza y sostiene que los palestinos no existen como pueblo y carecen de derechos. Así se cierra el círculo entre política y religión.
El ejército israelí bombardea Gaza en medio del alto el fuego. Mientras, un cantante israelí se hace viral al preguntar a la muchedumbre: “¿Quién no tiene agua?”, y la muchedumbre responde: “Gaza”. Israel destruyó la mayor parte de la infraestructura de agua y contaminó deliberadamente los acuíferos subterráneos. Vende su tecnología hídrica al mundo mientras colonos roban el agua de comunidades palestinas para llenar sus albercas en Cisjordania. Hay que preguntarse por las inversiones extranjeras que hacen crecer su economía mientras celebran la aniquilación de los palestinos.
Debemos exigir que los actos de Israel sean llamados por su nombre, sin ceder al chantaje ni a su narrativa. Dos millones de personas sufren: más de 90 por ciento de las viviendas están destruidas, 80 por ciento de las escuelas son escombros, 100 por ciento de los hospitales de Gaza han sido dañados y sólo la mitad de ellos permanece parcialmente operativos. Los escombros, lejos de la propaganda de daños colaterales, están diseñados. Nada, desde la visión sionista, es casualidad. Ahora, hasta los cometas de los niños son atacados con drones.
El impacto sobre la salud reproductiva es devastador: la tasa de abortos espontáneos en Gaza se triplicó con creces entre enero y junio de 2026, frente a los seis meses anteriores. La Clasificación Integrada de la Seguridad Alimentaria (IPC) reporta que más de 74 mil niños requerirán tratamiento por malnutrición aguda y 24 mil 600 mujeres embarazadas y lactantes la padecerán, con proyecciones hasta abril de 2027. Los médicos advierten de secuelas permanentes en las sobrevivientes: parte de una limpieza étnica que busca arrancar de raíz la continuidad del pueblo palestino. Más de 73 mil palestinos han sido asesinados.
Cisjordania está a punto de ser partida por la mitad. El proyecto de asentamientos “E1” contempla mil 234 nuevas unidades coloniales israelíes entre Jerusalén ocupada y el ilegal asentamiento israelí de “Ma’ale Adumim”, y corta la continuidad entre las comunidades palestinas de norte a sur. ¿Aún hay quien confía en que Israel creyó alguna vez en la solución de dos Estados? La sentencia de muerte para el Estado palestino es literal. Desde 1967 la ocupación se define como “temporal”: hoy mas de 780 mil colonos viven ilegalmente en Cisjordania y Jerusalén Oriental. ¿Estamos presenciando la muerte del derecho internacional?
No apaguemos nuestras voces ante la injusticia, que desde hace casi un siglo se consolida en diversos niveles de terror facilitados, entre otros, por el lobby sionista. Cada uno de nosotros, con nuestro idioma, con la honra de nuestra identidad, tiene el derecho a existir también en el espejo de nuestro prójimo. La superioridad verdadera del ser humano está en la voluntad conjunta de decir no al terrorismo diario de los colonos y del ejército israelí.
Podemos resistirnos a justificar el asesinato de una niña de 5 años cuyo auto recibió 335 impactos de bala en Gaza; su nombre es, en presente y futuro, Hind Rajab. Podemos rechazar el cinismo absoluto de que Israel haya reconocido el crimen, a sabiendas de que no habrá consecuencias. El mundo tiene memoria propia y colectiva, justamente por nuestra capacidad de pensar, de ver patrones, de decir basta. Podemos formar parte del digno boicot que cierre puertas a productos, instituciones, negocios y compañías que hoy alimentan y nutren económicamente la ocupación, los asentamientos y el genocidio contra el pueblo palestino.
Podemos romper el silencio cómplice que reduce al ser humano a un número. Palestina se ha convertido en un inmenso campo de asedio, despojo y exterminio. Lo peor es que ya no se oculta: se proclama a viva voz, con la voz del odio, de lo irracional y de aquello que se ha apartado de toda humanidad.
* Embajadora del Estado de Palestina
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