La inteligencia artificial como herramienta del pensamiento crítico: ¿ayuda a razonar o nos acostumbra a aceptar respuestas?

Iván Suriñach

¿Recuerdas al amo de la lámpara mágica que solo tenía que frotarla para que apareciera un genio dispuesto a concederle sus deseos? Imaginemos que, en lugar de pedir riquezas o resolver sus necesidades, pudiera pedirle que pensara por él, que tomara sus decisiones y que le resolviera cada problema sin tener que hacer el menor esfuerzo.

¿No corremos el riesgo de convertirnos en ese amo?

La inteligencia artificial nos ofrece posibilidades extraordinarias. Podemos consultarla, pedirle explicaciones, contrastar ideas y encontrar respuestas que antes nos exigían mucho más tiempo. Pero también podemos acostumbrarnos a solicitarle todo aquello que no queremos pensar o resolver por nuestra cuenta.

El problema no está en pedir ayuda. Está en que, si nos acostumbramos a recibir respuestas sin examinarlas, podemos terminar confundiendo la facilidad de obtenerlas con la capacidad de comprenderlas. El amo de la lámpara obtiene lo que pide, pero ¿qué aprende mientras el genio hace todo por él?

Esta es una diferencia que merece nuestra atención. Una cosa es utilizar la inteligencia artificial para ampliar nuestras posibilidades de razonamiento y otra muy distinta es convertirla en una especie de genio al que entregamos nuestras preguntas, nuestros problemas y hasta la responsabilidad de llegar a nuestras propias conclusiones.

La paradoja es que una herramienta capaz de ayudarnos a pensar mejor también puede servirnos para evitar el esfuerzo de pensar. Podemos pedirle que examine nuestros argumentos, que descubra contradicciones y que nos presente otras perspectivas. Pero también podemos limitarnos a aceptar su primera respuesta porque parece convincente y nos ahorra el trabajo de investigar, comparar y cuestionar.

¿De qué nos sirve disponer de una herramienta que puede ofrecernos tantas respuestas si dejamos de ejercitar nuestra capacidad para examinarlas?

No se trata de rechazar la inteligencia artificial ni de renunciar a las ventajas que nos ofrece. Se trata de comprender que recibir ayuda no equivale a desarrollar una capacidad. El genio puede conceder un deseo, pero no necesariamente nos enseña a conseguirlo por nosotros mismos.

Quizá la cuestión más importante no sea cuánto puede hacer la inteligencia artificial por nosotros, sino cuánto estamos dispuestos a seguir haciendo por nuestra cuenta. Porque, si cada vez que encontramos una dificultad buscamos que alguien nos la resuelva, ¿estamos aprovechando una nueva herramienta o estamos renunciando poco a poco al ejercicio de nuestro propio pensamiento?

Tal vez el verdadero riesgo no sea que la inteligencia artificial llegue a pensar por nosotros, sino que nosotros terminemos acostumbrándonos a no pensar cuando ella puede hacerlo.

Y entonces, queda una pregunta que no podemos delegar en ninguna máquina: ¿estamos utilizando la inteligencia artificial para ampliar nuestra capacidad de pensar o nos estamos convirtiendo en el amo de una lámpara mágica que, de tanto concedernos deseos, termina haciéndonos olvidar el esfuerzo de conseguirlos?


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