CUENTO QUE TE CUENTO 2… La penitencia del Padre Cruz Rosario

«El obispo permaneció un momento silencioso, alzó después la vista y dijo a la señora Magloire con toda dulzura: -¿Y era nuestra esa plata? La señora Magloire se quedó suspensa; hubo un momento de silencio y el obispo añadió: –señora Magloire, yo retenía injustamente hace algún tiempo esa plata. Pertenecía a los pobres. ¿Quién es ese hombre? Un pobre, evidentemente”.

«Los miserables», Víctor Hugo.

El cura-párroco Jesús María Cruz Rosario nunca pensó que llegaría a ser crucificado como su santo padre espiritual. Demacrado, sudoroso, desarropado, despeinado, su rostro parecía una copia al carbón, perfecta, de un autorretrato de Vicent Van Gogh. Durante más de seis horas estuvo amarrado a una cruz de hierro que estaba clavada en el atrio de la iglesia y que servía de soporte de cordeles para tender los mantelitos y los paños, grasosos y polvorientos, usados en las misas, que esta vez sirvieron de mortaja para un cuerpo que no llegó a morir, «Gracias al señor», diría poco minutos después su sacristán y ayudante de jornadas civiles, Moisés Concepción.

     El padre Cruz, enjuto, estatura corta y mandíbula abultada, recibía amenazas constantemente de una paliza o secuestro «Si no se callaba y dejaba de agitar y alborotar a la comunidad con protestas inútiles» a través de marchas, convites y kermeses, realizadas en su sector parroquial. Incluso, la jerarquía eclesial lo vigilaba y lo amedrantaba, como castigo disciplinario, y quizás por decisión e iluminación divina, con «…cambiarlo de parroquia si seguía insistiendo» en su perorata de estar atacando a las esferas gubernamentales, «…en vez de dedicarse en cuerpo y alma, como el pan y el vino de Jesucristo, a alivianar los pecados de los mortales», insistía un funcionario religioso. «Su misión es convencer a esos feligreses de adorar a Cristo aquí en la tierra, para que puedan salvar su alma y vivir felices y contentos allá en el cielo, después de la muerte», le aconsejaba su superior inmediato, por órdenes expresas del arzobispo metropolitano.

     Desde que llegó al barrio, asignado como cura de la parroquia Santa María Virgen Inmaculada, se preocupó por enfocarles a los feligreses mensajes espirituales, pero también creándoles conciencia de la situación económica-social, cuyos culpables, según él, «…se encuentran en las cúspides del gobierno que no se preocupan por el bienestar social, porque todo es corrupción, todo es dolo, todos se lo cogen y sólo gobiernan para un grupito», solía decir con aprehensión y soberbia, una soberbia impotente, penitente a la vez, aunque una penitencia forzada por la circunstancia, no por la razón espiritual que obliga el santo mandamiento en ese sentido. Y eso lo hacía, bocina en manos como espada al ristre, cada vez que tenía oportunidad, o se encontraba con la prensa en las bocacalles de los barrios donde solía, con aprestos y entusiasmado fervor, levantar su pódium vociferante e improvisar palabras intempestivas contra los que «…no se condolían de la situación de los pobres», mansos y cimarrones.

     «Bienaventurados los desarropados, porque de ellos será el reino de los cielos¨, repetía con obsesiva, obcecada insistencia, principalmente cuando la prensa local cubría sus particulares homilías vespertinas, desde un púlpito casi destartalado que sólo lo ocupaba él.

     Incluso, hasta en la misma Semana Santa, el padre Cruz Rosario no respetaba, como le señalaban las normas eclesiásticas, para pedir sus plegarias al señor, por el perdón de los pecados de los sectores de poder porque mantenían al pueblo pasando hambre. Aprovechaba el «Sermón de las Siete Palabras» como instrumento, solio eclesiástico de denuncia, y se desbocaba y lanzaba todo tipo de ucases e improperios contra los que él sí consideraba que «…estaban haciendo un abuso con la confianza depositada en las urnas por todo un pueblo que estaba pasando las mil y una calamidades, tanto de día como de noche», y cada frase expresada por Jesús en el calvario era una requisitoria contra los creadores de la situación, una parábola moderna, y a la vez histórica, y a veces histriónica, pues sacaba carcajadas a mandíbulas batientes de los feligreses, por el contexto en que la producía.

     En su última misa, que fue su última semana santa en la parroquia, en una actitud desbordada, para algunos, valiente para otros, revolucionaria, para un sector político, mesiánica para los demás, al pronunciar el «Sermón las sietes palabras» o frases externadas por el Nazareno en el calvario, el padre Cruz Rosario, lleno de coraje y arrojos, inmerso en una misión llena de pesadumbres, de misericordia, no tuvo reparo en atacar todos los males del mundo, por los cuales murió en la cruz nuestro señor. «Cuando nuestro Señor, hijo de Dios, estando en la cruz, lleno de dolor y sufrimiento, dijo, frente a sus acólitos y frentes a los soldados inmisericordes:

     Madre he ahí a tu hijo, hijo he ahí a tu madre,

el cielo se llenó de gloria, los mares y los ríos se abrieron para sentir el sentimiento materno, los montes y las piedras se levantaron para recibir en su regazo a tan tierna mujer, y le señalaron al mundo que la unión, el amor a la madre, al hijo, a la familia es uno de los sacramentos más sagrado de la creación de Dios; pero qué hacen y dicen estos sinvergüenzas de poca monta que nos desgobiernan: han convertido a las madres dominicanas en guiñapos, en esclavas de la miseria, que no saben qué van a hacer con un ripio de peso para poder alimentar a sus hijos, porque todo está caro, mientras esos malandrines del gobierno no hacen nada para aliviar el dolor y el espanto de tantas gentes, gentes hastiadas al no tener nada que comer, ni mucho menos nada que beber.

     Tengo sed, dijo el señor,

y los soldados al menos le mojaron la lengua con vinagre; y nosotros qué, sí, nosotros también tenemos sed, sed de justicia, sed de una vida mejor, sin tantos sacrificios, con tantos apagones ya no se puede vivir, todo es penumbra, con tanta delincuencia social, violación de la paz social, no es posible estar tranquilo; pero es una delincuencia que han provocado los que están arriba con su injusticia; tenemos sed de sabiduría, que los niños puedan ir tranquilos, alimentados, a las escuelas, y eso cuando aparecen alimentos; sed de salud; ojalá y que Dios no nos coja confesaos, con tantas enfermedades y sin medicinas que puedan remediar esos males, pero también sed de emular al santo padre que se inmoló para sanar al mundo. El gobierno nos mantiene en ayuno permanente; ya no son 40 días con sus 40 noches, son muchos más que venimos padeciendo. Pero el señor es grande y sabe comprender a sus criaturas terrestres, por eso:

     Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen,

tal como reclamó el señor Jesucristo, refiriéndose no sólo a los sacrificados como él y a los soldados, que obedecían órdenes superiores del gobernador romano; sino también a esos sanedrines, posesos del demonio, los íncubos de la oscuridad, a esos indolentes y ambiciosos de poder del clero judío que no creyeron en el mensaje de salvación que les llevó el Mesías, el unigénito, el primer y único hijo de Dios que vino aquí, a la tierra a perdonar nuestros pecados; pero quién perdona a esos fariseos del gobierno, y a esos antisociales que corroen la sociedad con sus estupefacientes, indolentes y detractores, que destruyen la moral cristiana con sus sacrilegios, sus maldades, sus abusos; pero quién perdona a esos funcionarios corruptos que dicen que hacen, pero es pura mentira, sólo deshacen la esperanza de un pueblo; pero quién perdona a esos diletantes de las palabras envidiosas que tan sólo llevan mentiras y alevosías por doquier, con su demagogia a cuesta, que si al menos fuera una cruz pesada que llevaran, también sufrieran, pero no, es tan sólo algodón sobre sus espaldas los que llevan esos demagogos sociales. Total, al final del mundo las cizañas serán quemadas, llevadas al crematorio como ovejas al matadero, porque la ira del señor caerá sobre todo aquél que sea malo de corazón. Es justo que aquéllos que nos hieren la mejilla derecha también les pongamos la izquierda, y que nos olvidemos del ojo por ojo, y diente por diente, y como hay que amar el prójimo como a nosotros mismos, nosotros los perdonamos porque nuestro Señor así lo predijo, porque de amor está lleno el reino de los cielos y no hay cabida para el odio y la inquina. Sin embargo, a esos indignos hay que decirles: ¨…arrepentíos, porque el reino de los cielos está cerca¨, y serán salvados de los pecados del mundo si hacen el bien, y también hay que decirles:

     Señor, aparta de mí este cáliz,

porque nos está matando, ahogando, nos está aplastando con tantas mentiras, con tanta maldad; este mundo está lleno de espinas y hay que destruirlas, aún a costa de sembradíos de helechos, de rosas que apacigüen al mundo. A mí me condenan porque digo verdades. Nuestro señor nos enseñó a decir la verdad, aunque le pique a la gente. ¨Conoced la verdad¨, dijo Jesús, ¨y la verdad os harás libre¨, libre de los pecados diría yo, que como espina corrosiva está corroyendo el amor del mundo. Este pueblo tiene una espina clavada en el alma, que como cáliz hace doler mucho, es la espina del hambre, de la soledad, de la injusticia; apártala Señor para que tu pueblo sea feliz:

     Señor, cuando estés en el cielo acuérdate de mí,

le dijo el ladrón bueno a Jesucristo en la colina del Gólgota, la cima del sacrificio, un ladrón crucificado injustamente, perseguido por las acciones malvadas de sus opositores. Recuerden que Jesús dijo ¨…el que esté libre de pecado que arroje la primera piedra¨, por lo tanto, todos somos pecadores; ¨Bienvenido el varón¨, dijo Jesús, ¨…que no anduvo en consejo de malos, ni estuvo en camino de pecadores, ni en silla de encarecedores se ha sentado¨. Quién de nosotros ha sido capaz de arrepentirse de sus pecados; quién ve en el ojo ajeno la misma paja que tiene su propio ojo; quiénes de ustedes después del hurto han devuelto con misericordia y humilde lo hurtado, a menos que hayan sido atrapados in fraganti; quiénes de ustedes han sentido remordimiento de conciencia y le han devuelto al pueblo lo que es del pueblo, como les apostrofó el Señor a los mercaderes de Israel que había que darle al ¨César lo que era del César¨.

Es harto sabido que los que dirigen la administración pública, los que manejan el erario, los recursos que aporta el pueblo en sus contribuciones fiscales, son unos mercaderes de la política y les venden su alma hasta al diablo si es preciso con tal de tener riqueza, opulencia, vanidades, pero estos malversadores del erario público no tienen miramiento para el maleficio, y no tendrán salvación, por mucha riqueza que pueda haber, no llenarán su espíritu con el espíritu de Dios, porque lo aprisiona el dolo, la corrupción y ¡ay de aquél que osare sacarle en cara su acto inicuo, vistiéndose de inocuos sentimientos !farsantes!, porque ahí mismo se inicia la diatriba, se inicia el improperio, se inicia la persecución, llenos de soberbias y alevosía. ¡Arrepentíos!, dijo el señor y serán salvados y despójense de todo lo que no es suyo, no quieran enriquecerse con los esfuerzos de los demás, no hagáis tesoro en la tierra, sino en el cielo, llenándose de riqueza espiritual, la que ofrece el espíritu santo; la riqueza material no es la salvación; recordad la sentencia que dice ¨…más fácil pasa un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de los cielos¨.

     Padre, por qué me has abandonado,

y a todos nosotros por qué los dirigentes de la sociedad nos han abandonado. Nos han dejado empantanado en la miseria; nos han dejado a la suerte de ¨…sálvese quien pueda¨; nos han dejado a la intemperie; todos nos los han quitado: el servicio eléctrico, encarecen los artículos de primera necesidad; la salud, la educación, escasean por su fuero, nos han dejado a la buena de Dios; ya en este país, que no merece el nombre de país, como dijera el poeta, no se toma en cuenta a la gente.

     «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu»,

dijo el señor allá, en el calvario del pecado, y nosotros a quién o a quiénes nos encomendamos; quién nos guiará frente a este mundo tan ingrato, lleno de miseria y de codicia; quién velará por nosotros en cada noche amarga, a oscuras y sin un trozo de pan que comer, quién se apiadará de nosotros con tantos pecados que tenemos encima. ¡Que el Señor se apiade de nosotros! Amén.

     En ocasiones el padre Cruz, con esa característica que lo diferenciaba de los demás curas, con sus vestidos simples o sencillos, denotando pobreza pero no en extremo, quizás por solidaridad e identificación con los débiles y pobres de posesiones pero no de corazón, y más que zapatos brillosos y cerrados, se aparecía con unas zapatillas cerradas en las puntas, pero agujereadas en los lados y en la parte de atrás, y de gestos arabescos pero no prosaicos, caminar enjuto y rápido en las diligencias, pero lento en las procesiones, organizaba una Kermés  pro-recaudación de fondos en ayuda a los más necesitados, o sea, acudir a los más pobres dentro de todos los pobres, siguiendo la doctrina cristiana de ayuda al prójimo, como la eucaristía, que era una acción de gracias a favor de los más necesitados, de los pobres de corazón y de riqueza también. «Haz el bien y no mires a quién», argumentaba, con indulgencia plenaria, mientras hacía su solitud de ayuda; generalmente le pedía a los comerciantes de la zona, a los vecinos más pudientes de las barriadas de Cristo Rey, Ensanche la Fe, Villa Agrícola y áreas aledañas de la ciudad de Santo Domingo; organizaba un día social y muchísimas amas de casas llevaban platos de comida de toda variedad como pudín de pan, arepas y pan de maíz, pollo al horno, locrios y moros de los distintos frijoles nativos, arroz blanco y habichuelas y gandules guisados, frituras de plátanos, de guineos verdes y batatas, entre otros rublos indígenas, y se presentaban grupos culturales, tanto del parroquiano lugar como de otros sectores residenciales que a veces y además de presentarse y cantar gratis llevaban su plato de comidas y postre de dulce o pudín. Era toda una retreta social, con todo y sus retretes ambulantes. En tanto él animaba, cual saltarín de feria y diletante sagrado, con sus consejos, sus algarabías y soberbias y su cadena de rosarios elevando plegarias al Señor. Los fondos recaudados los dividían en un sin número de familias y según sus necesidades y según las enfermedades que podrían tener algunos, aunque el cura le repetía ¨Ayúdate que Dios te ayudará¨, dándole a entender que tenían que hacer sus propios esfuerzos para salir adelante ante todos tipos de percances.

     Al otro día de pronunciar El Sermón de las Siete Palabras, después de las nueve de la noche, mientras el padre Cruz Rosario venía de una actividad que se había organizado a varios kilómetros de la parroquia, fue acorralado y detenido por un grupo armado vestido de civil. Lo llevaron a una casa en las afueras de la ciudad, rodeado de matorrales tristes y apagados. Se le interrogó por qué tanta violencia verbal contra las autoridades competentes y legítimamente elegidas. El cura respondía y no se cansaba de lanzarles improperios a sus improvisados secuestradores. Les arrojaba palabras bíblicas. Amarrado de las manos, con unas esposas o unos grilletes viejos, pero no amordazado, podía decir cuánto quería «Porque ya no te escucharán esos pobres cimarrones que asisten a tu iglesia a condolerse de su situación¨. Y él, «Podrán matar mi cuerpo, más no mis ideas, bandidos¨. Y ellos, «Habla todo lo que quieras, porque tu voz será una voz que clame en el desierto, nadie te escuchará jamás, párroco loco».  Y el cura ahí, lanzándole todo tipo de diatribas y condenaciones bíblicas, un maremoto de sonidos ininteligibles. Las amenazas al pobre padre no servían de nada. A cada insulto, él contestaba, «Jesús dijo: Bienaventurados los que padecen persecución de la justicia porque de ellos será el reino de los cielos.»

Y ellos seguían, «Padre no queremos hacerle daño, sólo queremos que nos jure que nos dejará quieto, nosotros no somos sus enemigos¨. Y él, «El que no es conmigo, contra mí es, como dijo el señor¨, y ustedes son unos blasfemos de Dios, unos sacrílegos de la palabra divina, unas lacras sociales que quieren vivir del fruto ajeno. Yo, como instrumento del señor, sólo pido justicia para los desheredados de la tierra, ustedes sólo son unos harapientos de espíritu muertos de hambres, que si quisieran Dios los podría ayudar, recuerden que el Señor lo dijo: “Bienaventurados los hambrientos y sed de justicias, porque serán saciados¨.

     Pero la calma no era compañera de los secuestradores, y ya a media noche decidieron trasladarlo de nuevo a la iglesia, y en vez de dejarlo tirado en el pavimento frío e infeliz, frente a la puerta del santo lugar, decidieron introducirlo por el patio, volando la cerca. Lo cargaron al hombro, había sido amordazado, los pies y las manos amarrados, y como escarmiento decidieron dejarlo tirado en el patio. Luego a alguien se le ocurrió una tremenda y santificada idea, «Por qué no lo crucificamos, y lo clavamos en esa cruz que está ahí». En efecto, lo amarraron a la cruz de hierro que servía de soporte a los cordeles para tender los susodichos manteles andrajosos, y le desamarraron las manos, se las tendieron en los brazos de la cruz, le amarraron los brazos de nuevo, tratando de que no se desplomara. Alguien hizo un redondel con uno de los pañitos volanderos que colgaban del cordel y se lo puso sobre su cabellera abundante, diciéndole «Ahí tiene tu corona, rey de los pobres» y le haló suavemente su barbita montaraz, que a su misión le quedaba perfecta. Le pusieron un bozal con un lienzo que guindaba en un cordel. Se fueron rápidamente, dejando casi moribundos a tan quijotesca criatura del señor, que oraba y oraba en su letargo sufrimiento.

     Fruncía las cejas como queriendo abrir los ojos buscando algún resquicio de paz, remeneaba sus hombros como buscando aminorar su último dolor espiritual, inclinaba la cabeza como aprisionado de recuerdos tardíos tratando de retenerlos en su memoria moribunda, retorcijaba la boca como queriendo decir sus últimas plegarias, en tanto el bozal se lo impedía, intentaba mirar hacia arriba como oteando el cielo infinito tras la estrella de Belén. Sufría. Sufría su propio calvario y eso lo hacía feliz.

     A las seis de la mañana fue encontrado por el sacristán de la iglesia que, como cuidador al fin de los tesoros y ornamentos oficiosos, espetó:

     «Por la hostia de mi relicario, qué os habrán hecho, padre Cruz Rosario, qué cáliz maldito han puesto sobre su cabeza, ni que fuera una penitencia del señor».

     Lo desamarró, lo recogió, lo limpió y le dio agua a beber, un agua que al cura le pareció, en ese momento, un vinagre amargo. Entonces el padre Cruz Rosario, miró al cielo, tratando de aplicarse así mismo, al verse medio moribundo, una extremaunción, pensando que de ésta no se salvaría. Débil, se incorporó un poco, pensó en Jesús en el calvario diciéndose, en un soliloquio confuso, «Sé que he sido crucificado para salvar de los pecados a los hombres de pobre corazón», y de sus labios salió la séptima palabra del sermón que le faltaba pronunciar: ¨Padre, Consummatum est.

                                                             2006.


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