Irán no es Irak: por qué una guerra de EEUU sería un desastre global

Cada día nos encontramos con un foco de inestabilidad

Por José Félix Abad

Leía una entrevista con el analista internacional y exinspector de armas de la ONU Scott Ritter, donde analizaba y decía que hablar de un ataque militar de Estados Unidos contra Irán no es hablar de una operación limitada ni de un conflicto lejano que apenas nos afectaría.

Es hablar de una sacudida brutal al mundo tal y como lo conocemos. Una guerra de ese calibre tendría consecuencias inmediatas y devastadoras para la economía global, la estabilidad política de Oriente Próximo y, en última instancia, para la seguridad de Israel como Estado moderno.

Durante años se ha presentado a Irán como un actor secundario, un país sancionado y aislado. Sin embargo, el analista Scott Ritter advierte de que esta imagen es profundamente errónea. Irán no es un país débil ni improvisado: es, hoy por hoy, una de las potencias regionales mejor preparadas para resistir y responder a un ataque occidental.

El primer impacto sería económico y lo sufriríamos todos. Irán tiene capacidad real para paralizar gran parte del suministro energético de Oriente Próximo. Basta con que cierre o bloquee rutas clave, como el estrecho de Ormuz, para que el precio del petróleo y del gas se dispare de forma incontrolable. El resultado sería una crisis económica mundial de enormes dimensiones, con inflación desbocada, recesión y una presión insoportable sobre los países más dependientes de la energía importada. En ese escenario, incluso el dólar podría verse gravemente afectado, acelerando la pérdida de confianza en el sistema financiero que ha sostenido la hegemonía estadounidense durante décadas.

Pero la guerra no se quedaría en los mercados. Estados Unidos mantiene decenas de bases militares en la región, con miles de soldados desplegados. Irán tiene capacidad para atacar esas instalaciones y causar un número de bajas muy superior al que la opinión pública estadounidense está dispuesta a asumir. También podría golpear objetivos navales de gran valor simbólico y estratégico, algo que cambiaría por completo la percepción de invulnerabilidad militar de Washington.

A diferencia de otros países atacados en el pasado, Irán lleva décadas preparándose para este escenario. Ha construido infraestructuras subterráneas, centros de mando dispersos y un sistema de defensa pensado para sobrevivir incluso a los bombardeos más intensos. Su estrategia no depende de un solo líder ni de un único centro de poder, lo que hace muy difícil descabezar el sistema desde el aire. En otras palabras: no es una guerra rápida ni limpia, y mucho menos una victoria asegurada.

Israel juega un papel central en esta tensión. Su liderazgo considera a Irán una amenaza existencial y ha empujado durante años hacia un enfrentamiento directo. El problema es que una respuesta iraní a gran escala podría convertir buena parte del territorio israelí en un lugar inviable para la vida cotidiana, destruyendo infraestructuras básicas y forzando desplazamientos masivos de población. La supervivencia de Israel como Estado moderno, tal y como lo conocemos hoy, estaría seriamente en juego.

A todo esto se suma un factor clave: Rusia y China. Es poco probable que entren directamente en combate, pero tampoco permitirán que Irán sea derrotado como lo fueron otros países en el pasado. Ambos ven a Teherán como una pieza fundamental del nuevo equilibrio mundial y actuarán para impedir una victoria estadounidense, ya sea con apoyo militar indirecto, inteligencia o respaldo político y económico.

Ante este panorama, la única salida razonable es evitar la guerra. Paradójicamente, algunos creen que la tendencia de Donald Trump a construir su propio relato podría frenar el desastre: declarar una victoria simbólica (con un ataque breve, limitado y quizá hasta pactado); asegurar que ha evitado una masacre y luego retirarse. Puede sonar absurdo, pero incluso una ficción política sería preferible a una guerra real.

Porque una cosa está clara: Irán no es Irak, ni Libia, ni Afganistán. Y tratarlo como si lo fuera podría empujar al mundo a una crisis de la que tardaríamos décadas en salir, si es que salimos.


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