ACOPIOS LITERARIOS…9

Federico Sánchez -FS Fedor-

 “Vivirás siempre…”

 -Cuento-.

Enarbolando la cuartilla frente a la máquina de escribir, dudas. Un escalofrío que entumece recorre todo tu cuerpo. Una idea se eriza. Tiemblas al introducir la hoja rectangular en el rolo de la maquinilla. No alcanzas a imaginar cómo comenzar la primera palabra, la inminente frase, la línea que da forma al encabezado, sin que sea un lead apresurado.

Tu corazón, temblante, se acelera, in crescendo. Un airecillo fresco, húmedo, cortante se estaciona en tu piel. La enfría. Se estimula. Te resfrías. Tratas de iniciar tu informe periodístico, pero vacilas; tu pensamiento, los hechos, los datos recogidos se contradicen. Sí, todo es confusión; nebulosa traición la de tu mente que trata de organizar todos los acontecimientos, en tanto los recuerdos de la infancia, de la adolescencia vienen a ti como una avalancha de vientos alisios o espumas de alta mar; recuerdo de lo que pasaste junto a él, el asesinado, el acribillado, el que en vida fue ejemplo del martirologio y el sacrificio en lucha por el bien de su pueblo, ese que yace inerme en esa fotografía tomada hace horas y que miras de soslayo, esa fotografía delatora, periodística, que saldrá mañana en el matutino. Intentas organizar los hechos, nueva vez, a través de todos los informes que has recogido.

El parte policial contradice las querellas vertidas por la viuda y no sabes a qué atenerte. Vacilas antes de imprimir la primera letra en el papel; sabes que tienes poco tiempo para redactar sobre los acontecimientos, ocurridos ayer en el enfrentamiento entre rebeldes y milicianos y también hoy durante el entierro mientras trasladaban los inermes cuerpos al cementerio, además sobre sus causas y consecuencias; y esa forma, imprevista, de la muerte de Aneuris efectuada la noche anterior junto a sus compañeros; luego lo ocurrido en el velatorio en la Funeraria Blandino y en la marcha fúnebre en su recorrido a pies hasta el cementerio principal de la ciudad de Santo Domingo, ubicado en la avenida Máximo Gómez.

Tienes que agilizar tu informe, el periódico está a punto de cerrar la edición que saldrá mañana. Pero hacer una introducción en este reportaje sobre la muerte verídica de quien en vida conociste muy estrechamente desde pequeño, te resultas difícil, por las contradicciones de hechos que has recogido en entrevistas, tanto a la viuda como a los amigos, compañeros de partido y otros allegados, comparados con los datos de la Policía Nacional y Las Fuerzas Armadas, ofrecidos por su vocero o Relacionista Público. Dudas si escribir a como dé lugar el reporte de encargo que te pidió el Jefe de Redacción o marcharte a tu casa a escribir un ensayo o una novela, como lo intentan hacerlo de ti ahora; quizás te decidas a escribir una autobiografía de ti y sobre ese muerto, que tanto dolor de cabeza causó, y seguirá causando, pues él vivirá en muchos corazones, aún el tiempo borre sus memorias, tal como rezaban algunas pancartas exhibidas durante el entierro hoy en la mañana “Aneuris: vivirás siempre en nuestra memoria”, “Vivirás siempre en el corazón de la Patria.” Piensas que la inmortalidad puede esfumarse si no se deja registros, restos en qué apoyar lo que fue la conducta de un individuo. La literatura, intentas repensar, puede ser un medio loable e indeleble.

Absorto como estás, te vuelven, te convocan a la realidad presente, inmediata, con unos manotazos alegres y a la vez de ternuras que en las espaldas te da un colega, creyéndose no haberte visto en todo el día, te ofrece sus condolencias, sabiendo que tú fuiste amigo de uno de los occisos. Un brillo tenue, sin fuerzas, se levanta de las partes niqueladas de la maquinilla, corroída por la fuerza implacable del tiempo y el aire húmedo, y tus ojos intentan desviar la reflexión, esquivan, más bien, el disfuerzo provocado por la desidia o la apatía que te envuelven conjuntamente con la vacilación de comenzar a escribir la primera línea, aunque hoy se trata de la duda, la confusión que tienes sobre los acontecimientos. El silencio espectral existente en la sala de redacción te desquicia.

Casi la mayoría de tus colegas se han marchado, pero el Jefe de Redacción espera, despreocupado, menesteroso frente a las páginas diagramadas que debe firmar con un “Okey” antes de enviarlas a fotomecánica; espera por ti, por tu reporte, tu incisivo reportaje. Un dejo de tristeza te embarga el rostro, no puedes imaginarte a tu amigo de infancia tirado en el suelo, boquiabierto, empantanado de tierra y sangre, confundiéndose con un cieno negruzco, ácido, agraz; no puedes olvidar esas fotografías que te muestran junto con el informe policial sobre la muerte de Aneuris y sus compañeros, éstos muy distantes y en diferentes sitios de aquél. En esas fotos se ve un cuadro patético: como por impulso de un instinto místico, dos cuerpos yacen cuasi cruzados formando una cruz cristiana; los brazos y las piernas de ambos se extienden formando más cruces a su vez con su propio cuerpo en forma individual.

En la misma foto, se ve al fondo un matorral al descubierto limitado por una multi construcción que no tardaría mucho tiempo en alojar a más de 20 familias que ya han dado su inicial de compra. Otra foto: un zapato está junto a un tercer cadáver situado a más de tres metros de los que forman la cruz, con un rostro languidecido, aparentemente por el desvelo de la noche anterior; en primer plano, un soldado cinteado de cartuchos y bombas de rápida explosión, exiguo detalle, símbolo minúsculo del poder persuasivo de la milicia, mira con ojos sobresaltados, pensando, sin quizás, en su próximo ascenso por haber defendido la seguridad de la patria con alta dignidad.

En otra fotografía un ramo de yerba de limoncillo araña la mejilla del cuarto muerto, caído en forma de ángulo, seguramente encogiéndose del último frío que recibió en su delirio; cerca de sus pies una metralleta Cristóbal; algunos niños curiosos se observan en un instante de su movimiento acartonado, con un rictus de espanto en sus ojos; a unos pasos dos soldados conversan, posiblemente del rol jugado en la hazaña, un gran golpe político-militar, sin dudas, contra “los terroristas”.

Ahora dejas caer las fotos sobre el escritorio, cierras los ojos; imágenes en penumbras escenifican recuerdos tardíos de la adolescencia cuando tú y Aneuris correteaban por los matorrales de los solares baldíos en la parte alta de la ciudad cuando aún la extensión poblacional, en los años 50, no se había acelerado como ahora, producto de la inmigración humana del campo a la ciudad capital. Ahora también comienzas a memorizar aquel día, mientras maroteaban frutas en “Mata Hambre”, mangos, cajuiles, y naranjas. Habían salido como a las dos de la tarde, desde el barrio. El día anterior planificaron salir a marotear. Salieron con entusiasmos, tú, él, otros nombres que ahora no es importante recordar.

Tardaron media hora ó 40 minutos en llegar a los terrenos que tenían más árboles frutales, con muchos cajuiles y manzanas de oro, sin dejar de lado los mangos, entre otras frutas, como guineos y caimitos. Quién diría que una gran avenida, unos doce o quince años después, atravesaría, con sus asfaltos, su concreto y sus ruidos atronadores, esa vereda tropical repleta de frutas, arbustos y flores. Iban todo el camino recogiendo piedras redondeadas, principalmente callaos y guardándolas en bolsas de hilos para apedrear las frutas jugosas más altas, que se encontraban en el cogollito.

Después de acumular suficientes frutas, y en pleno disfrute de una gula jugosa, fueron sorprendidos por el celador de la finca. Un tremendo perro se alcanzó a ver no muy lejos, atravesando el camino, que salió de la nada, alojado entre los matorrales más bajitos que rodeaba la arboleda que se centraba cerca de una vivienda abandonada al extremo del solar, y tan pronto vieron al canino huyeron despavoridos hacia la pared más cercana, brincando casi todo lo que significara estorbo, y que implicara obstrucción para la correría, para simplificar el trayecto y alcanzar la salida con facilidad. Los ladridos se hacían más intensos, más claros, más sonoros, y los pasos de ustedes eran más rápidos cada vez.

Ya saltaban un tronco atravesado, ya ladeaban un camino con ramas caídas o muy estrecho para meterse en otro ancho; corrían como locos, el objetivo se acercaba, la pared se veía más grande según avanzaban, el perro detrás, sus ladridos más agresivos, y el celador “Párense ahí, cojollo, pa’ que sepan lo que e’ coger fruta ajena”, y el pobre Lalán, de piernas cortas, gritando a todo pulmón, “espérenme desgraciaos”, tratando de brincar un tronco enorme, para él, y que estaba ya próximo a la pared, la cual los demás la habían brincado con suma facilidad, y Lalán, tratando de subir su pierna corta en el muro, y ya a punto de que el perro se lo lamiera con sus colmillos, una mano amiga le agarra el brazo y prácticamente lo levanta, bordeando la pared, salvándose de milagros, y fuiste tú quién tendió esa mano precisa, y entonces los latidos del corazón se vuelven tambora “tam, tam, tam, tam, tam”, respirando al compás de sus emociones, del susto tremendo que se llevaron y que continúan porque no paran de correr hasta verse bien lejos de la pared, y un gran árbol, naturaleza inmaculada del entorno, le sirve de cobija, se recuestan en sus enormes raíces, jadeantes todos, transpirando soplidos enormes cada vez que abren la boca, para contar la osadía, el corre corre, los saltos increíbles, las velocidades alcanzadas, batiendo record Guinness de campo y pista con tiempo record mundial.

Y según van calmándose, la respiración normalizándose, recobran un resquicio de quietud, y entonces viene la satisfacción de la aventura, el placer de la osadía, y surgen las risas, los chistes, las burlas para unos y para otros, cómo corría éste, y cómo brincaba aquél, y se burlan de la lentitud de uno, y de lo feo que corre otro “cuando está asustao”, hasta que todos se envuelven en risas interminables, se abrazan, se marchan, otro día más de aventura de adolescentes imberbes que pasará a la memoria del barrio o de algunos de ustedes para ser contada algún día; entre tanto, alguien recogía frutas que quedaban en los alrededores, para saciar el hambre en el trayecto; mientras caminaban hacia el barrio, Villa María, la radio en un colmado cualquiera, a lo largo del camino, sonaba “Recogiendo limosna no lo tumban, qué va gallo qué va, no lo tumban”, merengue que se hizo famoso en los últimos años de la Tiranía, al final de los 50s; al llegar al barrio en la noche, que prontamente apareció con su carga de soledad y su silente nocturno, apagaste la nostalgia, esa nostalgia que ahora te embarga.

Vuelves al presente. Abres los ojos, te dices mentalmente que doce o trece años atrás, cuando surgió esa excursión aventurera del maroteo, la adolescencia era un simple juego recreativo, hasta que llega la juventud, ya un poco más responsable y sometido al rito compromisario y obligatorio que impone la vida en sociedad, y lo cambia todo. Ahora que te encuentras inmerso en esa responsabilidad, comenzando la convulsa década del 1970, crees que “Todo pasado fue mejor”, como diría el poeta español, Jorge Manrique. Piensas en la sonrisa de goce sádico que se dibujó en los gruesos labios del informante al terminar de leer los datos oficiales sobre los acontecimientos y principalmente cuando éste levantó los brazos e inclinó la cabeza, recostándola en el espaldar del sillón, al momento de mostrar las fotografías. Intentas remover escorias polvorientas que sobre las teclas de la máquina se aposentan.

Tus dedos, entumecidos por ese largo tiempo de absorto pensamiento y cuajados por el frío del aire acondicionado, húmedo (aire que llega del mar después que atraviesa la calle El Conde, vía que más tarde se convertiría en una arteria comercial secundaria, después que fuera en la década pasada, principalmente entre 1966 y 69, la más frecuentada), se adhieren a las letras; levantas las manos, tus brazos se sienten apiñados, no porque tu cuerpo no responda a tus designios de redactor, sino por una indescriptible inamovilidad que no te permite desplazar tus escuálidos dedos.

De soslayo, observas esa fotografía horrible impactándote, donde aparece Aneuris yerto en el suelo, mostrando un cuerpo encogiéndose de dolor, pero con la actitud de mantener una pose de soldado revolucionario, a sabiendas que se encuentra frente a un pelotón de fusilamiento, y en su delirio intentó presentar su última voluntad: “Vencer o morir”. Retiras esa foto; humedecida tu frente, pese al viento frío de enero, te incorporas desapaciblemente y alcanzas un pañuelo que habías dejado en el extremo posterior del escritorio. Ladeas el cuerpo hacia la izquierda buscando algún resquicio de soledad, elevas la mirada hacia la lámpara fluorescente que está sobre tu cabeza. Frunces las cejas y poco a poco cierras los ojos abriéndolos de inmediato.

Te friccionas y la tela se enjuaga humectantemente, y piensas en la ocre humedad de tu amigo, de hoy lánguida mirada; es un presagio de la sudoración que tendrás cada vez que pienses en él, máxime si decides escribir sobre su vida como una historia novelada. El sopor es molestoso, debes de agilizar los dedos; gesticulas, miras a tu alrededor consiguiendo apenas distinguir los escritorios contiguos, esparcidos por la sala de redacción; las obsolescentes maquinillas destapadas; el cristal claro-oscuro que separa los cubículos; la penumbra estimulada por la falta de una iridiscente lámpara que ayude a esclarecer los pasillos que dan acceso al cuarto de la rotativa, impresora un tanto obsoleta; el rayo de luz lunar que se introduce por una disimulada claraboya, cuyo pórtico abre y cierra desde afuera hacia adentro; entre otros detalles.

Pasas por segunda vez la mano sobre tu cabeza y desde el frontal de tu rostro la desliza, rozando, como podando, suavemente tu cabellera montaraz hasta llevarla hacia atrás, retrotrayéndola por encima de los hombros. Tus ojos negro-canelas se nublan, se invierten en un pestañar incesante de tus pupilas, como acostumbrándose a la oscuridad cuando se despierta en la madrugada. Intentas incorporarte para darte ánimo. Esfumas la desidia y recibes a lontananzas una voz que te llega parsimoniosamente recriminándote sobre la tardanza de tu reporte, y precipitadamente te sientas.

La nebulosa gris, pesada, con lentitud pero segura, inserida en tu circunvolución cerebral, se va despejando. Sumergido en tu incruento pensar sientes pasos que se incrementan a cada segundo, luego una mano se asienta en tu hombro izquierdo requiriéndote una explicación. Es el Jefe de Redacción. Te enmudeces. Pides cuenta del tiempo; sólo diez minutos hace que te sentaste, sí, pero aún no se ve una línea de nada. Solo, de nuevo, sientes ahora pasos decreciendo; es que alguien se aleja. Un sonido sibilante apagándose, el rastrilleo de un escritorio que te hace crujir los dientes, quizás por el parecido estruendoso que provoca un arma homicida como la presentada en la fotografía, una Cristóbal, quizás, no la distingues bien. Intentas sustraerte de la realidad; no puedes, agilizas tus músculos, revitalizan tu energía; emerge lucidez, iniciativa, siempre lo has hecho al iniciar un informe periodístico.

Te inmutas, recoges los pies con aprehensión disimulada y los colocas debajo del asiento, luego los alargas. Sientes que el tiempo se detiene, te sobras esperanza, pues, para la larga jornada que te espera, para llenar el espacio del periódico que te han reservado.

Es imprescindible que lo cubras, que lo dotes de un relato verídico, no fantasioso ni vilipendiado; que sea objetivo, claro, preciso, acorde con tu condición de reportero serio y perspicaz, inmerso en la verdad, no contradictoria con lo que piensas, sobre causa y consecuencia, sobre timidez o valentía o sobre los intereses creados en las partes envueltas, sin pensar en la reacción por abstención o adhesión de causas que puedan tener los lectores, reaccionarios o revolucionarios, continuistas o reformistas, retrógrados o comunistas, socialdemócratas, socialcristianos o neoliberales; aunque te contradigan, mediante otras informaciones periodísticas en otros informativos, tu opinión sobre la represión indebida, provocada, cobarde, que se produjo en el momento del entierro de Aneuris y las demás víctimas, o la posible falsedad de los datos ofrecidos oficialmente sobre el enfrentamiento y los posteriores asesinatos, versión contradictoria con otros datos que has recogido y que parecen obnubilados por aquéllos, por ser los primeros ofrecidos a la luz pública por las autoridades competentes, que detallan de un encuentro a tiros entre terroristas y miliciales en una construcción a poca distancia del extremo oriental de la ciudad, donde murieron cuatro de los perseguidos, y un quinto y líder del grupo que había logrado escapar, fue alcanzado, ya internado en el centro de la ciudad, negándose todos a rendirse, respondiendo con disparos, ocupándoseles luego armas de guerras cortas y largas.

El mentís de ese informe tiene que justificarlo. Ladeas tu cabeza, la inclinas hacia abajo, en dirección hacia las teclas, porque ya iniciarás la primera palabra del recuento, arrojando luz, despiadada, indolente, inconsecuente con el oficialismo, aunque también obliterado de dudas, por las contradicciones que suscitará.

Tu dedo meñique presiona forzosamente la tecla cuadricular extrema superior de la línea central del alfabeto, pero se queda inerme, acuclillado, cuya curvatura irregular del dedo revela que las ideas aún se mantienen fugitivas del pensamiento. Goznes imprevistos surgidos de las aldabas que sostienen un postigo en el fondo de la sala que da paso al cuarto de máquina de la impresora, te espantan sutil e instintivamente y presionado por el empuje de las manos, cada vez más pesadas, mano suspendida sobre las teclas, impulsas el dedo hacia abajo, acuñando, Orlando, la primera letra que da comienzo a tu largo relato, a tu novelar histórico, a tu reportaje confuso, contradictorio, inconvincente, repleto de dudas. De temor.  

                            Febrero, 1987-.

De: Al final de la escapada… y otros cuentos desempolvados, 2002.

El autor es Periodista, Publicista, Cronista de Cine, Catedrático universidades O&M y UTESA–. Escritor -Poeta, Narrador, Dramaturgo, Ensayista-. Se declara Humanista Universal.  E Mail: anthoniofederico9@gmail.com.         FaceBook: Federico Sánchez.  Wasap: 809-353-7870.


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