Soy de RD, pero…

Juan Taveras Hernández

Soy dominicano porque nací en la República Dominicana, cosas del destino, de la suerte o de la mala suerte, depende de cómo lo vea; pero igual pude haber nacido al otro lado de la isla, en Haití, que no es lo mismo ni es igual. Haber nacido en los 48 mil y tantos kilómetros cuadrados de la República Dominicana en el siglo XX y vivir durante buena parte del siglo XXI tiene sus ventajas geográficas, históricas, políticas y sociales.

Los que nacieron en Haití, antes y durante la revolución que los libró de la esclavitud en 1804, han vivido episodios históricos dramáticos que los han sumergido en la pobreza, la miseria más abyecta y el oscurantismo salvaje que los conduce a la muerte temprana, ya sea por la violencia que los azota permanentemente, por la falta de educación, salud y alimentación.

Haití y República Dominicana han estado unidos por la geografía y el sincretismo cultural. Pero nada más. Cada vez están más lejos uno de otro, por la religión, el idioma y la cultura, como eje transversal que explica el “ser haitiano”, distinto al “ser dominicano”.

Como he dicho otras veces: no soy anti-haitiano; no guardo hacia ellos odios ni rencores históricos, como muchos de mis compatriotas.

Soy dominicano, defiendo mis raíces, mi idioma, mi lengua, mi religión, aunque no profeso ninguna.

Aquí nací, aquí crecí, aquí tengo mis hijos, mis amigos, aquí estudié, aquí he luchado contra las injusticias, la opresión y la represión; aquí están enterrados mis padres, mis abuelos y otros ancestros.

Lo que no sé es si esta tierra, donde nací, me crié, me eduqué y me formé, es absolutamente mía, si tengo derecho de propiedad, si puedo tomar posesión de lo que por derecho me corresponde.

Este país no es mío, más bien es de las veinte y tantas familias que la han usufructuado mucho antes, más de un siglo, apropiándose de sus riquezas naturales renovables y no renovables, condenando al pueblo a la pobreza.

Predicar odio y venganza contra los haitianos, donde también hay grupos oligárquicos que no les preocupa la suerte de su pueblo, es hacerles el juego a las peores causas de ambos pueblos.

Nadie quiere abandonar el lugar donde nació, donde vio la luz por primera vez. Han sido las circunstancias las que obligan a emigrar, a buscar nuevos horizontes donde la vida sea viable. El mundo fue poblado por los inmigrantes. Ese es un fenómeno histórico bastante bien documentado. Los haitianos, tratados como bestias en casi todas partes, son seres humanos. Y como tal, deben ser protegidos y defendidos, aun en su desgracia.

Más de dos millones de dominicanos han tenido que salir huyendo del territorio nacional, la mayoría en “frágiles” embarcaciones.


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