APOSTILLAS
Federico Sánchez -FS Fedor-
En uno de los capítulos de mi novela ¨…y aunque sea con borrones, escríbeme¨, 2011, el personaje principal, Doña Ana, le escribe a Alicia, su amiga estacionada desde hace años en Nueva York, informándole sobre el crecimiento de la ciudad capital, la que dejó atrás, notificándole, describiendo, narrando sobre lo que fue su barrio y con él toda la ciudad, y lo que es hoy: Todo un contraste insufrible.
Le dice cómo ha evolucionado el país, que la ciudad que dejó ya no es la misma, ya no existe. Se ha expandido de los pocos kilómetros cuadrados que era en 1966 a más de 50 a la redonda, y sigue creciendo.
Le cuenta de los barrios y residenciales nuevos que existen, cómo se han formado, no sólo con emigraciones del campo a la ciudad, sino también, y sobre todo, con la explosión demográfica citadina que hemos sufrido con el crecimiento de cada familia (de padres y madres, convertidos en abuelos-as, y en bisabuelos-as, y en tatarabuelos-las; barrios que se han formado, genéticamente hablando, con tres y cuatro y hasta cinco generaciones de familias vecinales), obligando a los ayuntamientos y constructoras privadas a tener que abrir espacios en los terrenos campestres que surcan, rodean toda la ciudad.
Le confirma cómo el Este, el Norte y el Sur, se han expandido, atravesados por grandes avenidas, circunvalaciones por donde se circunnavega, y que como lazos de presa o culebras concorvadas atraviesan muchos residenciales, uniéndolos como un cordón umbilical, y que probablemente sea una estrategia político-militar del Estado para tener mejor control de los ciudadanos, pues de mantenerse aislados sería más difícil llegar hasta ellos, echarles un cerco con rapidez, en caso de necesidad de un despliegue militar.
En el 1965, durante la Guerra de Abril, se demostró, se vio lo difícil que era acercarse a la Ciudad Colonial y Ciudad Nueva, porque no había forma de penetrar hasta allí, sin avenida de enlace, o una callejuela amplia y recta. Era difícil lograrlo sin tener que usar fuerzas de mar, aire y tierra. El bombardeo del puente Duarte, por los milicianos anti constitucionalistas fue otro hecho que demostró que cuando los barrios o grandes residenciales no tienen acceso se hace difícil llegar hacia ellos y dominarlos por la fuerza de la razón y/o de la bayoneta.
En ese sentido, no fue casual que Trujillo siguiera el camino de construcción vial iniciado por los americanos durante su primera intervención al país, en 1916, pues era una forma de acercarse con mayor rapidez a los alzados caudillistas que se rebelaban en las lejanas provincias. Y de ahí vienen las ideas de construir las circunvalaciones de asfaltadas y encementadas avenidas que se inician en el Sur de la ciudad capital, de Santo Domingo, bordean todo su espacio, atraviesan el Este, llegan al Norte, surcan el oeste, y vuelven y caen en el Sur, al otro extremo de su inicio, todo un cordón formando un redondel de residenciales ubicuos, compactos, con miles de ciudadanos dentro de su círculo, que no vicioso, ni ocioso, sino inteligente.
También le habla de la modernización, y de los túneles y los elevados viales para despejar el caótico tránsito, lleno de vehículos nuevos y viejos, polucionando un ambiente ya de por sí irrespirable, signo, estigma, impronta evidente de un contraste inhumano, entre avance y atraso, entre el progreso y el terror, “Civilización y Barbarie”, al decir del humanista argentino, D. F. Sarmiento.
Y asimismo le narra cómo las principales avenidas se han llenado, si no de rascacielos, al menos de edificios enormes, hasta 30 niveles (residenciales y plazas comerciales), creando un nuevo tipo de arquitectura con una ideología socializante, de amplias e inminentes relaciones públicas, pues alojan en su interior de concreto, bellas y lujosas oficinas de servicios, y salas de cine, y expendios de comidas rápidas, los famosos fast foods, y heladerías, con entorno recreativo para toda la familia, haciendo un contraste descomunal con los grandes barrios marginales, ahora más amplios, más abundantes, más poblacionados y polucionados, todo una jauría humana de apretados pechos turbulentos, arracimados, en tanto están hacinados unos contra otros, casuchas contra casuchas, gente contra gente, en su interior y estrechados techos macilentos.
Le cuenta que hay anarquía en todo, en los centros sociales, en la administración del Estado, en el comercio, en los gremios, y asociaciones y sindicatos, ¿sindicatos? Bueno, al pensar en esta última entidad, a su mente le llega, fugaz, voraginoso, impertérrito, como tolvanera a la deriva, rodante vendaval de alto vuelo, como el peñón de Sísifo, que a ella la trastorna, sí, piensa en una palabra utilizada por Lenin, al definir este tipo de organizaciones, y a su mente llegan las palabras “anarcosindicalistas”, y “anarcopolíticos”, que por la forma de comportarse, sus dirigentes, sus personalidades, así son.
Y le asegura que esas organizaciones acuden al llamado “Centralismo democrático” para crear el ambiente de que la mayoría toma las decisiones, y no es más que un eufemismo, un ardid, un señuelo, sórdido y cobarde, para engatusar a la membresía montaraz, ciega de aciago día y deseos. Bueno, sólo es un decir, una bufonada pasajera, quizás especulativa.
También doña Ana intenta hablarle, decirle qué ha pasado con del río Ozama que ahora es toda una calamidad. De otrora agua cristalina en donde se podía enjuagarse los pies sin temor a una contaminación, ahora es una cloaca infernal, inmunda, enorme, sucesiva, arrojando toda una caterva de deshechos putrefactos hacia el mar Caribe, ennegreciendo las salinas y cristalinas aguas de los alrededores de la playita de Güibia, donde tantas veces se bañaron.
Y asimismo le dice, con lucidez y espasmo a la vez, que así también está la pocita de la Zurza, aledaño al río Isabelita, al final del Mercado Nuevo, en la avenida Duarte, que visitaron varias veces, aunque no se bañaran; que sólo observaban a los muchachos del barrio zambullirse y verlos nadar como pez en el agua en su escasa agua transparente, mientras les tiraban piropos y algunas lisuras majaderas, alabando con cortesía sus encantos femeninos.
Le escribe que con el desarrollo de la ciudad creció un tipo de comportamiento que ha invertido, negado todos los valores tradicionales de decencia, de buena vecindad, de camaradería, de solidaridad social. La gente de hoy es más materialista, más monetarista. La visión de la gente se torna más financiera que éticamente solidaria.
Le reitera que la sociedad está carcomida por todos los sectores, sin distinción de personas, de profesión, de oficio, de clases sociales. Muchas de estas culpas son de los políticos, que se han encaramado en el solio presidencial, congresual, ministerial, todos inmisericordes, audaces, para hacerse ricos, reinando la impunidad más placentera que se haya visto en el país (placer contrario al de Epicuro, que es espiritual), y los que no pueden hacerlo por esa vía, buscan cualquier alternativa de enriquecimiento ilícito, como la especulación, el engaño, el tráfico de estupefacientes, el lavado de activos, la falencia noticiosa, entre otros no menos indecosos. Y como si fuera poco, impera la impunidad.
También le reitera lo siguiente, cito: “…asistimos a un esperpento de la historia. La humanidad busca placer corporal, no espiritual. Y el dinero es el mito, el ícono más adorado hoy día. Y la chabacanería es el acto ritual más común, y a pesar de que vivimos en un momento de la historia de la mayor cantidad de abundancia material, una gran parte de la humanidad vive en la extrema pobreza, víctima de los astutos y hábiles que se alzan con una gran porción que le correspondería a esos marginales, pero que no les llega por el egoísmo contumaz y la hipocresía que arropa a aquéllos”.
También le dice que en este país, aquí, ahora, la corrupción administrativa del Estado y en general, campea por sus fueros, con todas las de la ley, pero sin ley que la detenga. Le confiesa lo que pensó esta mañana mientras leía el periódico, que repetirlo otra vez no sería ocioso, que el transfuguismo político, el oportunismo ya es un modus vivendi eterno. Existe lo que se llama la farsa profesional, esto es que un profesional se pasa toda una vida ofreciendo sus conocimientos a través de una oficina de mala muerte, y sus ingresos se mantienen en términos medios o con un superávit un poco apreciable, pero luego pasan cuatro años en una Cartera del gobierno y el superávit obtenido sobrepasa 10, 20, 30, 40, 50 veces lo que habían alcanzado durante los 20 años de servicio profesional que ofreció.
Entonces, luego alguien eleva la voz de alerta, se destapa el asunto, se denuncia un acto de corrupción de ese funcionario, y le señalan los bienes que ha obtenido en ese tiempo gubernamental. Y es ahí donde surge la farsa profesional, que además es una falsa punitiva, diciendo que sus bienes es el fruto del trabajo de más de 20 años, aunque todos sabemos que en los últimos cuatro obtuvo el 80 por ciento de esa fortuna.
Y así, siguiendo con la álgida expansión citadita del campo que rodea la ciudad, ella quiere, en su carta, reconstruir mentalmente la evolución física de la misma, su desahogo, conjuntamente con el comportamiento humano, que como consecuencia traen todas estas transformaciones, y que le llevaría horas, días, meses, años, quizás, describirla; pues tiene que completar esa reconstrucción con lecturas que tengan algunas conexiones con la arquitectura, la urbanización y los humores del ente humano.
Y tendría que leer periódicos, y revistas especializadas, y libros, y brochures de ofertas de proyectos residenciales con estructuras de apartamentos y casas individuales o solares urbanizados, y así complementar su noción al respecto, y luego darle una visión interpretativa socio-filosófica del contenido; y lógicamente leerlos entre línea, con suspicacia, de modo que haya coherencia entre lo que lee y lo que va a decir.
Y luego lanzarse a crear una teoría sobre la importancia del control estatal en torno a los ciudadanos a través de la conformación de las nuevas arterias viales, vehiculares que se van haciendo; y tratar de interpretar la nueva ideología que emerge, que se va creando en una socialización que arrastra a la gente a tumultuarse en los centros comerciales, producto de un nuevo tipo de arquitectura que se acerca más a las relaciones públicas mercantilista que a las relaciones humanas vecinales. O sea, la economía de marcado, el producto, sobreponiendo su valor monetario por encima del valor humano.
Y, parigual, visualizar una teoría conductista o psicoanalítica sobre el aplastamiento con que lo urbano sojuzga al residente barrial, y posesionarse, apropiarse de una teoría que explique económicamente cuáles son las vías de captación de recursos, tanto estatal, como privado, llámese dolo, desvío, indelicadeza, trasiego, inconducta, hurto o tráfico de influencias, en la realización de estas expansiones, y arrojar resultados no contradictorios al respecto, y si no hay contradicciones, provocarlas, y así crear un método dialéctico de análisis objetivo y subjetivo, de la concreción a la abstracción.
Sería un aporte extraordinario a la bibliografía dominicana, y un gran hallazgo, sin dudas, unaexistencial teoría de la modernidad citadina. Habría que analizar mapas descriptivos, geográfica y políticamente, de la ciudad capital, en el anverso, y del país, en el reverso, con las nuevas expansiones territoriales, urbanas y suburbanas, y sus secuelas de horror o de feliz salvedad.
Y ver la benevolencia o las dificultades de las vías comerciales, las aceras, repletas de estanterías, con productos plásticos o de metal, jugando a ser guindalezas, en tanto cuelgan al aire libre, sostenidos por unos hilos de gangorra de seda, adheridos a un extremo de la parte alta de cada tienda, o de tubos o palos verticales y horizontales, hechos a propósitos.
Y ver las dificultades que provocarían la abundancia de objetos rodantes, en tanto tienen ruedas, como triciclos, andantes para bebé, y silla-comedor, cunitas, corrales, y carros, y patanas, y yipetas 4×4, de diez pies de alto y alto cilindraje, mientras camina el gentil gentío que se aboca a transitar por las calles, nativos o como turistas en tierra extraña, y cómo les impiden el paso rápido o a voluntad, permitiendo que el tiempo se les vaya encima; mientras se forman los tapones vehiculares, creados más por la imprudencia y la desesperación de avanzar de sus conductores, que de la estrechez de las callejuelas o por las hileras de vehículos alineados en los extremos de la calzada, a escasas pulgadas de los bordes.
Nos veríamos, sigue escribiendo la susodicha, repletos en sí mismo, dignos de esos mercados que se ven en algunas películas de mercaderes turcos, árabes o chinos, hablando una jerigonza, una jerga, un argot, un dialecto, unas lenguas que se aproximan a lo que fue la Torre de Babel.
Bueno, ahora pienso yo, qué duda cabe, la ciudad, en su expansión hacia el campo que la rodea, ya no será la misma. No lo es, en tanto se aboca a trascender hacia un modelo de vida híbrido, confuso, existencial, en su angustia, en su incomunicación. Y por demás, en su soledad, en su escarceo, en sus piruetas, en sus ruidos porosos y su chabacanería, enlazada política, económica y culturalmente a la hegemonía capitalina, a todos los fueros del poder predominante…
El autor es Periodista, Publicista, Cronista de cine, catedrático de universidades O&M y UTESA–. Escritor –Poeta, Narrador, Dramaturgo, Ensayista–. Se declara Humanista Universal. FaceBook: Federico Sánchez. Wasap: 809-353-7870. Email: anthoniofederico9@gmail.com.
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