Donald Trump construyó la derrota

Por Leonardo Gil

«Los gobiernos pueden fabricar su derrota: Las oposiciones tienen que construir su victoria”

El ciudadano abre la cuenta del supermercado, mira el precio de la gasolina y vuelve a hacer números. Después escucha al Gobierno explicar que el país marcha bien. Entre lo que vive y lo que le dicen comienza a crecer una distancia que ninguna campaña puede cerrar con consignas. Allí empezó a construirse la derrota republicana.

“Los gobiernos pueden fabricar su derrota; las oposiciones tienen que construir su victoria”. El resultado de las elecciones de medio término en Estados Unidos expresa esa doble responsabilidad. Los republicanos perdieron el control de ambas cámaras del Congreso. Los demócratas aprovecharon el descontento y consiguieron victorias en territorios donde, hasta hace poco, parecían tener oportunidades limitadas.

La primera explicación está en el bolsillo. Trump regresó a la Casa Blanca con la promesa de aliviar el costo de vida. Sin embargo, muchos electores llegaron a estas elecciones sintiendo que su situación económica había empeorado. Las primeras encuestas electorales recogieron un malestar extendido con los precios y una atribución de responsabilidad al presidente por sus políticas comerciales y la guerra con Irán. La promesa económica que lo ayudó a regresar terminó convertida en una vara para castigarlo.

Un gobierno adquiere una obligación política cuando promete resolver un problema: acepta ser evaluado por su solución. Puede explicar las dificultades heredadas, señalar circunstancias internacionales o defender sus decisiones. Pero el ciudadano termina preguntando algo mucho más sencillo: ¿puedo vivir mejor con lo que gano?

La segunda explicación fue la personalización del poder. Trump convirtió buena parte de la campaña en una evaluación de su liderazgo. Eso favoreció que candidatos republicanos cargaran con un desgaste nacional que sus campañas locales no pudieron compensar. Reuters identifica, además, derrotas de figuras respaldadas por el presidente y cuestionamientos a una selección de candidatos que privilegió la lealtad sobre su capacidad de atraer apoyos más amplios.

Desde la ingeniería de la identidad del votante, mi lectura es que castigar a un gobierno no exige adoptar por completo la identidad de sus adversarios. Un elector conservador puede seguir valorando el orden, la seguridad y el esfuerzo individual, y considerar que su partido dejó de responder a esas prioridades. Su voto puede expresar una exigencia de corrección. Determinar cuántos actuaron así requerirá estudiar los datos con más detalle.

También apareció una demanda de límites. Según la encuesta de votantes de AP, alrededor de siete de cada diez consideraron insuficientes los contrapesos del Congreso a la Presidencia. Esa percepción ayuda a entender por qué la elección legislativa adquirió un significado mayor: decidir quién podía fiscalizar al Gobierno.

Los demócratas, por su parte, tuvieron que ofrecer candidaturas y movilizar apoyos para convertir aquel malestar en escaños. Ahora deberán demostrar capacidad para responder a las preocupaciones que los llevaron a la mayoría. El rechazo a Trump les abrió una oportunidad; conservarla dependerá de sus resultados.

La advertencia alcanza a cualquier gobierno: la fidelidad partidaria tiene límites cuando se deteriora la vida cotidiana. Una victoria anterior no concede indulgencia permanente.

Los republicanos pidieron que los ciudadanos respaldaran al presidente. Demasiados ciudadanos llegaron a la urna buscando quién pudiera ponerle freno.


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