APOSTILLAS DEDUCTIVAS -14- Virtudes y contrastes de dos ciudadelas del Sur: Azua y Barahona

Federico Sánchez (FS Fedor)

Osadía de una odisea viajera, muy placentera y…

Recientemente, junto a un dilecto y viejo amigo, realicé un viaje interno hacia el Sur de nuestra isla. El trayecto final fue Barahona; específicamente en el municipio de El Polo, inserido entre pequeñas montañas, paralelas y consecutivas a un tiempo. Este paraje, hacia el noroeste de esta provincia tiene un magnetismo, casi un milagro de la naturaleza. El hecho prodigioso ocurre sobre una pendiente, cuyos objetos, animales o personas al estar inclinados en vez de rodar hacia abajo, por la fuerza de la gravedad terrenal, inician su trayectoria hacia arriba. Todo un espectáculo visual y a la vez sensacional, en tanto los sentidos se invierten y se crea una visión, un reflujo táctil contario a nuestra costumbre vivencial.

Después de viajar, atravesando los entornos de las Provincias de San Cristóbal, Peravia, Azua, hasta Barahona (y obviamente pasando por el cruce de otra ciudad, San José de Ocoa), llegamos a El Polo, recibiendo otro tipo de experiencia, inenarrable. Que dicho sea de paso, no está demás relatar todo el trayecto que surge desde el municipio de Santo Domingo, principalmente en su naturaleza y sus alrededores.

Iniciamos el viaje temprano. Era sábado y sin amenaza de lluvias. Desde el Distrito Nacional se puede utilizar dos vías. La primera comienza en el kilómetro 12, por la carretera Sánchez, del lado Sur del Distrito Nacional. La segunda empieza por la autopista 6 de Noviembre, en Santo Domingo Oeste, en el sector de Herrera. Decidimos utilizar las dos. Primero por el Sur hacia el municipio de Haina; luego giramos hacia la Circunvalación que nace aquí; esta vía surca hacia el Norte atravesando la 6 de Noviembre, circulando hacia el Este, hasta llegar, por cruces de vías, hasta la autopista de Las Américas, en el Sur, después de atravesar todos los municipios del Gran Santo Domingo.

Estuvimos atento, principalmente yo, que no manejaba, de algunos paisajes y poblados, de la fauna y la flora, y de la toponimia regional, como el río Haina, los poblados de Piedra Blanca, San Cristóbal, y Nizao y su río, otrora casi caudaloso, hoy semi seco al ser convertidas sus aguas en una represa, mucho más arriba de su desagüe, en el mar Caribe. Después de la primera provincia -San C.-, entramos a la segunda -Peravia-, a través de la comunidad de Paya, famosa por sus dulces y sus sabrosos, jugosos mangos banilejos. Esto es llegando al municipio distrital de Baní.

Surcando hacia el Suroeste llegamos a la parada de Ocoa, cerca de El Cruce, que va hacia esa provincia, al norte, remontando, circunnavegando las semi escarpadas montañas de la Cordillera Central. Acto seguido continuamos el viaje, dando inicio a la carretera que conduce al denominado Sur Profundo. Entramos al cúmulo de montañas bajitas que una vez le dieron el nombre de El Número, desde donde se visualiza la Bahía del Palmar de Ocoa, en el Mar Caribe. Hace 30 0 40 años El Número estaba compuestos por las sierpes y no menos peligrosas, que no tanto escabrosas montañas, que son peñones sucesivos y simultáneos, que había que esquivarlos haciendo un número 8 o una S repetitiva para poder continuar el viaje. Este recoveco pétreo fue taladrado por la técnica moderna de la construcción de carretera, y hoy es tan sólo una recta empotrada en el mismo corazón de las montañas bajas.

Recuerdo que otrora, cuando mi madre me llevaba a su campo natal, Las Charcas de Azua, había que dar más vueltas que un trompo. Era menester ir culebreando todos los lados de cada peñasco gigante, hasta llegar al otro lado. Las montañas eran laderas puntiagudas, bajas, y para viajar por ellas había que darles las vueltas en casi 60 grados para luego coger otra y otra, hasta alcanzar la última. La carretera estaba en los bordes de cada una, como si hiciera un número 8 y luego otro 8 o una S. De ahí le venía su mote: El Número.

Al bordear esta casi intransitable carretera, que cinteaba los bordes pedruscos, las piedras gigantes, y que el cinturón asfaltado las rodeaba, el pasajero se asustaba al mirar a sus lados y ver el precipicio, no muy alto, pero amenazador. A veces, desde allá arriba, se alcanzaba a ver el Mar Caribe, allá abajo, estallándose contra la costa rocosa y cayos levadizos de El Palmar de Ocoa, y sus espumas y sus gotas saltarinas eran destellos, como si se estrellaran contra el cielo.

Hay un pasaje en la historia dominicana que relata un enfrentamiento en 1944, entre los patricios del país y los haitianos, que iniciaron la reconquista de esta parte de la nación. Pedro Santana (luego de la proclamación de nuestra República Dominicana, que como naciente nación nació con un patronímico adjetivo -Dominicana-, cuando debió ser un sustantivo -La Dominicana-), nombrado comandante de las huestes del Sur, tuvo la delicadeza de dirigir esta odisea, quizás muy osada, con tacto militar, reteniendo este cruce y luego venciendo al pueblo del Oeste que nos invadía, en la famosa batalla del 19 de Marzo.

Sospecho que las estructura circulares, diagonales y en paralelepípedos de estos peñones, les causaron miedo a los haitianos y los combatientes independistas los tuvieron jaque mate precisamente ahí, antes de llegar al otro lado, a base de lanzamiento de piedras de innoble moldura o puntiagudas, palos retorcidos, armas metálicas, ramas encendidas, y todo material sólido de bélico improvisamiento, que se encontrara y que pudiera medrar, diezmar, lesionar a la ya maltratada tropa haitiana que venían a capturar nueva vez la ciudad capital del viejo Santo Domingo Este.

Al atravesar la nueva vía, una recta que separa estos peñascos, y su área silvestre, nos internamos en la larga ruta que va desde la última curva, del recodo histórico de El Número, hasta Azua, pasando por los poblados Hatillo, La Charca, cuya entrada está al frente del camino que conduce al mar Caribe, donde está Playa Caracoles (que se hizo famosa en febrero del 1973 con el desembarco de Francis Caamaño y sus estoicos, esforzados, aguerridos guerrilleros).

Y así seguimos y llegamos a la entrada del poblado de Estebanía, último reducto poblacional, hasta entrar al municipio cabecera de Azua. Al final del pueblo Distrito Municipal, vienen los sucesivos poblados hasta Barahona. Pero antes nos detuvimos en el cruce de la carretera que empuja al viajero a San Juan. En un quiosco-comedor nos hartamos con un suculento, delicioso y más que nutritivo guisado de chivo, con yuca y yautía blanca; adornado de wasakaka y tabasco picante. ¡Qué maravilla! Una concesión que nos ofreció una señora, experta en la materia del arte culinario campestre.

Luego continuamos hasta llegar a Barahona, y más tarde hacia El Polo. Por recomendación de un paisano, mas campechano o campuchano que citadino, detuvimos el vehículo en una pendiente, con el frente hacia abajo. Nos pidió apagar el vehículo y ponerlo en neutro. Lo lógico era, debe ser, que por la función de la gravedad bajara. Pero no. Qué sorpresa nos llevamos. El vehículo comenzó un ascenso, más que torpe, tranquilo. Ambos nos miramos, estupefactos y con risas entrechocantes, en tanto los dientes tintineaban, quizás de miedo, quizás de alegría. ¿Y nosotros…? Anonadados. En fin, alucinados. Y con el corazón aproximándose al tam tam de los tambores caribeños.

Tácticamente, observamos por las vidrieras laterales, delantera, y trasera, a ver si todo era cierto. Y miramos los matorrales que pasaban a nuestros lados, unos acercándose, otros alejándose. Mi compañero, de la emoción, frenó. Nos detuvimos por momento a ver qué pasaba. Nada. Estáticos nos quedamos. Los frenos eran más poderosos que la atracción magnética. Luego soltó el freno, y de nuevo comenzamos el ascenso. Increíble, pero cierto. El polo magnético cobró su fuerza, nos atrajo hacia su núcleo terráqueo, sin importar que estuviéramos en una pendiente. Cosas de la naturaleza.

De regreso, no tomamos la vía que conduce otra vez a Barahona. Cogimos un atajo que va la carretera que une a Azua con San Juan. Es una vía a medio camino de estas dos ciudades, que nos redujo considerablemente el tiempo y el espacio para volver a Santo Domingo. Obviamente, desde Azua recorrimos otra vez el viaje de ida, ahora trocado en venida.

Quiero relatar algo que me llamó poderosamente la atención: los paisajes. Cuán diferentes son entre ciudad y ciudad. Principalmente pude sentir esa discrepancia entre Azua y Barahona. Según se avanza, entre las zonas de estas dos ciudades, en Azua el paisaje cambia notablemente. Nos encontramos con un entorno desolado y un poco agreste, que no agresivo, y algunas sabanas con yerbajos a ras de tierra, a veces, y repletas de incandescentes cactus, colocados por la madre natura, al parecer, en sitios estratégicos, como si fueran espantapájaros, con sus brazos extendidos llenos de espinas. Un espacio o un entorno o un área engordada de aridez y cerros pelados, no dejaban de verse.

En cambio, al aproximarnos a Barahona, observamos un paisaje reverdecido, al parecer bendecido de esporádicas lluvias y algún que otro huracán, que empuja sus sinuosos vientos fríos o cálidos o tibios, y en ocasiones algunas álgidas ráfagas de vientos, hacia esa zona.

Quizás o sin quizás, por añadidura el cambio de color de la madre naturaleza es notable. Hacia Barahona los cerros se levantan más copiosos. Las copas de los árboles se ven más cerca del cielo, que los atosiga con su azul encendido. Y son más caudalosos los ríos y riachuelos y arroyitos cristalinos que surcan la carretera estrecha (apenas un carril y medio o dos carriles, tanto para ir, como para regresar, que frente a las autopistas de Las Américas, la del Coral, la Duarte y la que conduce a Samaná, es insignificante). Los cactus de extendidos, encendidos brazos afilados, abundantes en Azua, son más escasos hacia Barahona, y parecen más vivos, menos fantasmas. Más espigados. Menos alicaídos. Más arrogantes. Menos sinuosos. Emergentes.

Asimismo, los caminos vecinales adyacentes a la carretera, con sus recodos de 60 grados, parecen más estrechos en Azua, en tanto que en sus pelados suelos crecen, abundantes, con mayor asiduidad, especies de arboledas enanas y yerbas de limoncillo, y a su entorno, alamedas centenarias, endógenas, o sea, regionales, espinosas o no, y guasábaras y bayahondas y guayacanes y demás ¨yerbas aromáticas¨. Quiero decir, árboles preciosos y atractivos, no tanto por su olor, sino por su valor, como el cedro, el caobo, el pino y el roble. El madero de la ¨baitoa¨, aunque de menor solidez, se deja crecer y ver de vez en cuando.

Pero entre ambas ciudades, y en menor cuantía, abundan la gramura y los yerbatines amargos. Éstos últimos sólo impedidos de recrecer alto por las pisadas sucesivas, reiterativas, de campesinos y animales domésticos laboriosos y por reptantes reptiles, como la iguana, el hurón, la siempre sierpe culebra. A lo largo de la carretera, a ambos lados, y cada dos o tres kilómetros, siempre hay un pequeño poblado de 20 o menos casuchas, habitadas por familias labrantes envueltas en sus labrantíos consuetudinarios, que ofrecen sus presentables cosechas altivas de la tierra paridora, o sea, mango, lechosa, aguacate, plátano -muuuuchos plátanos-, guineo, rulo, ñame, batata, yautía, y otros rublos de menor consideración.

Y en ese mismo sentido ofrecen algún que otro adminículo artesanal, como pilón, guayo, tamborita, estatuilla de madera, que las hacen con sus propias envejecidas manos, a base de mucho sudor y artimaña laboral, utilizando instrumentos rústicos, como xilo, cincel, lima, cuchillo, sierra, mazo y martillo, y hasta ¨pata e´ cabra¨, si es menester. Este último renglón me hizo recordar los artesanos del Cruce de Ocoa, que ofrecen más o menos estos mismos productos.

Y qué decir del contraste climático que ofrece la madre naturaleza. Cómo cambiamos de humor, en la misma proporción que va cambiando el medio ambiente entre municipios o ciudades. El clima es diferente, más caluroso antes de azua, menos tibio próximo a Barahona. Hasta en los rostros de cada uno de los macilentos rostros campesinos se puede notar. Y en la misma naturaleza y sus follajes se refleja ese contraste de rubor, por su verdor, por su abundancia, en la esencia de los ramales, en su estructura troncal, en el ser florido de la floresta.

Y es que en la renaciente primavera se refleja ese contraste como si fuera algo tangible. Ante de Azua parece un verano inclemente, una tibieza inmisericorde, un averno sinuoso. Más allá de Azua se asemejaba a un otoño radiante y su resplandor es suave, leve, cariñoso. El incandescente sol, ya en su saliente, ya en su cenit, ya en su poniente e imponente nadir, ante de Azua es espectro, un fantasma, una silueta incolora. Después es contraste, sombra-luz, arco iris en su fosforescencia. Es una ilusión. El rocío de un mañana gratificante. Rebelde; por leve y suave.

En la medida que nos acercábamos al pueblo cabecera de Barahona, toda semejanza se acercaba más un ambiente humano. La naturaleza se deja connotar un poco más. La diferencia en un antes y un después de Azua, en los habitantes y sus viviendas, se denota una similitud increíble. Quiero decir, que son los mismos seres humanos, con sus grietas de siglo en la piel; las mismas casuchas, con sus cobijas de palmas; los mismos ajuares, con sus descoloridos despliegues. Parecía como si el amplio, anchuroso horizonte los envolviera en un lazo cultural indistinguible, y el rigor, la inclemencia, el sadismo, la severidad de los rayos solariegos impusiera su fiereza, descuartizando o degollando la piel verde o anaranjada, según fuera en la matutinidad o el crepusculario, de cada rostro de los campesinos. La inclemencia del astro sol, que es igual para todos, en los cerros de Barahona se manifiesta, surge más benigno.

Al parecer es un sol muy democrático y socialista, reparte sus encendidos rayos con ingenuidad pradina. El sesgo, la idiosincrasia, el perfil laboral se asemeja mucho entre ambos pueblos. Apenas se diferencian en sus acentos cantarinos; más musical en azua. Lo cierto es que no había, creo que aún no hay espíritu creativo diferente entre dos pueblos cercanos, apretados por el mismo cinturón de seguridad que los rodea, que los aprieta, que los encierra, ya estén en un llano pelado, ya en una sabana rocallosa, ya en una pradera baldía, y que no les presenta otra salida que no sea la sobrevivencia. Al parecer la modernidad del mundo, de la ciudad capital, y todas sus comparsas, se queda en un reducido grupo que gobierna, con sus gozos, sus especulaciones y sus superficialidades mentales, egoístas, que se apropian y no sueltan, y la solidaridad les es fugitiva. Se viven la vida, se deleitan, y creen que se la ¨están comiendo¨.

A veces pienso, con rabias entre los huesos, que estos leguleyos y politiqueros citadinos, que no saben lo que hacen, son como Pilatos y sus sabuesos soldados y el lacayo de Herodes y los sanedrines hebreos, y principalmente los también sabuesos, cancerinos fariseos, ¡dios me libre de ellos! No sé, no podría saber si es bueno para la salud, eso de vivir la vida a toda capacidad, sin tomar en cuenta la salud o la vida de los menos favorecidos. Y sólo viven para la delicia del cuerpo, y el culto al deporte, al ejercicio corporal, al consumo. ¿Es dimisión o disminución de la salud mental?

Cierto, puede ser que hoy en día se vive más años, y se le hace un guiño, un altar, un ¨laisser faire¨ a la salud del cuerpo. Como un lujo a conseguir. Como un ícono a adorar. Como un héroe a mostrar. Como un demiurgo a recrear o reciclar. Mas, sin embargo, es menos espiritual. El tiempo es más duradero en el espacio, en el ciclo vital del ser humano, pero son años más que huecos, vacíos, en tanto se vive en el limbo mental. Una oquedad sin contenido síquico. Que no es espiritual. Es posible que sean más placenteros en el diario vivir, pero lucen chabacanos, más sumisos, más indignos, y a veces se le hace honor a la era robotizada, la era del espectro, y más que concreción humana somos siluetas o fantasmas citadinos.

El afán de lucro lícito o ilícito predomina para alcanzar la meta soñada, Sí, eso es, predomina el culto a la imagen, emanadas de la televisión, la prensa, el cine, el Onlyfan y el Instagram. De ¨la civilización del espectáculo¨.

A la abundancia material, que nunca como ahora había sido tan abundante y arrebatadora a un tiempo, no le ha correspondido un pensamiento, un raciocinio, una percepción, una sabiduría más consecuente. Más elevada. Más altiva. Ni una cultura más profunda. Sólo tenemos, y me repito, chabacanería y frivolidad, supersticiones y pornografía, erotismo rápido y contumaz, que más que erotismo deviene en un exhibicionismo, en placer comercial, y en más consumismo compulsado por las ofertas ubicuas, cuyas promociones siempre están a horcajadas sobre los hombros del homo faber, o sea, el hombre-deseo, el hombre- necesidad, el hombre-aspiración, el hombre-estilista, el homo abundantus, en tanto hedonismo que desdice de la riqueza espiritual, o sea, la ausencia del homo sapiens racional, el homo racionatus.

¡Puf!, creo que me dejé llevar de las emociones y me salí del tema. Bueno, deduzco que por ahí es que va la cosa. Lo cierto es que nos fue bastante bien, en este turi-interno viaje placentero y …gozoso.

El autor es periodista, publicista, cineasta, catedrático, escritor -poeta, narrador, dramaturgo, ensayista-.

E-Mail: anthoniofederico9@gmail.com.

Wasap: 809- 353-7870.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

seis + dos =