Geopolítica y geoeconomía del estrecho de Ormuz

Por Alexandr Yakovenko diplomático ruso y exembajador en el Reino Unido

Alexandr Yakovenko, diplomático y subdirector general del grupo mediático Rossiya Segodnya, comparte sus reflexiones sobre la reconfiguración del mapa geopolítico mundial tras el ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán.

La imprudente apuesta por una guerra relámpago para eliminar a la cúpula político-militar iraní llevó a Israel y a EEUU a una situación extremadamente inestable, cuando la principal baza de Teherán en el conflicto que se le impuso resultó ser el control del estrecho de Ormuz. En Israel, los analistas ya hablan de un fracaso total, con la posibilidad de retomar el asunto en algún momento en el futuro. A juzgar por la prensa, todo estaba planeado para junio de este año, pero, como se suele decir, algo salió mal y el primer ministro, Benjamín Netanyahu, cedió a la tentación de una solución definitiva mediante un cambio de régimen. Los chivos expiatorios serán el Mosad en el caso de Irán y los militares en el del Líbano.

Para el presidente estadounidense, Donald Trump, la situación es mucho más complicada, ya que se ha visto envuelto en una guerra que no es la suya y que tampoco beneficia a los intereses estadounidenses. Pero lo más importante es que el problema del estrecho de Ormuz ha recaído sobre él. Simplemente no se vislumbran opciones aceptables para resolverla —ni siquiera a través de la reanudación de las hostilidades— salvo aceptar todas las condiciones iraníes, algo que, en opinión de los observadores, tendría consecuencias catastróficas para la región, la economía mundial y la Administración Trump.

Si hablamos del golfo Pérsico y el llamado Gran Oriente Medio, se ha producido una reconfiguración geopolítica total de la región, incluyendo el papel de Turquía (fue precisamente Ankara quien puso fin a los planes de incorporar a los kurdos iraquíes a la «marcha sobre Teherán», que debía reforzar la confianza de quienes, según estimaciones de la inteligencia israelí, estaban dispuestos a salir a las calles de las ciudades iraníes). La destrucción de la infraestructura de extracción [de hidrocarburos] y logística de toda la región ha llevado a los Emiratos Árabes Unidos a abandonar la OPEP y la OPEP+, algo que no hará más que agravar las tensiones entre Abu Dabi y Arabia Saudita, al mismo tiempo que acelerará la orientación política de los actores más pequeños hacia Ankara, Riad o Teherán. La relevancia de este último ha aumentado de forma cualitativa y, de ser un país marginado y agobiado por las sanciones, Irán se ha convertido realmente en una potencia regional (a diferencia de la declaración de Netanyahu sobre Israel como potencia regional y «en cierto modo, incluso global»). Ahora todo depende del país persa, como bien saben quienes están al mando en Teherán, es decir, según el consenso general, el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica. Y todo esto sin contar que el tema más urgente en la agenda regional es la reconstrucción de la infraestructura de extracción y logística, sobre todo teniendo en cuenta que los daños tienen un efecto acumulativo; en otras palabras, «el tiempo vale dinero».

Rusia, Pakistán y China están ahora más involucrados en los asuntos de la región. Al mismo tiempo, EEUU ha demostrado . Es decir, ha aumentado el papel de los actores externos, mientras que antes el control de la región estaba en manos de los estadounidenses desde la época del Pacto de Bagdad, en la etapa inicial de la Guerra Fría. Ahora se puede decir que toda la estructura institucional de la región se está derrumbando, aunque sea en el formato de la OPEP, y que se está abriendo a una arquitectura completamente nueva.

Pacto de Bagdad, también conocido como la Organización del Tratado Central, fue una alianza militar entre Irán, Irak, Pakistán, Turquía y el Reino Unido en 1955-1979, cuyos objetivos fueron similares a los de la OTAN.

Si nos fijamos en la geoeconomía, Teherán ha obtenido una poderosa palanca de influencia sobre la economía y el comercio mundiales en forma de control sobre el estrecho de Ormuz. Y no se trata solo de un control directo, sino también de la posibilidad de desestabilizar la situación en torno a él en cualquier momento en el futuro, independientemente de lo que se acuerde sobre las condiciones de su posible desbloqueo en el marco de la resolución del conflicto. Es decir, todos entienden que las cosas ya no serán como antes.

Lo único que importa para la economía mundial y el sistema financiero global (incluida la vinculación del comercio petrolero al dólar) es la estabilidad del tráfico comercial a través del estrecho. Mientras no haya ni un indicio de que se vaya a desbloquear el estrecho, el mundo deja de recibir diariamente entre 8 y 15 millones de barriles de petróleo y productos derivados, y hasta un 20% del gas natural licuado.

También se trata de un conjunto de productos industriales del sector petroquímico y derivados para el sector agrícola. Los expertos prevén un déficit mensual de 300 millones de barriles, es decir, las tres cuartas partes de las reservas estratégicas desbloqueadas de los países desarrollados. Es más, a principios de mayo se habrán agotado prácticamente tanto las reservas estratégicas como las ventajas derivadas del desbloqueo del petróleo ruso e iraní y los recursos del amortiguador de equilibrio que representan los depósitos flotantes. En definitiva, en todos los aspectos del conflicto —que resulta difícil reanudar, dado que las hostilidades se han suspendido— se avecina el momento de la verdad.

No basta con que EEUU e Israel le hayan servido a Irán en bandeja el control de la intensificación del conflicto, la posibilidad de gestionar dicha intensificación si Washington y Tel Aviv desencadenan una nueva ronda de sus ataques, Teherán además obtendrá ingresos adicionales por la venta de sus 1,5 millones de barriles de petróleo, lo que, según cálculos de los economistas, ascenderá a 2.000-3.000 millones de dólares al mes o 24.000-36.000 millones al año. Básicamente, si los países occidentales no descongelan los activos iraníes, Teherán dispondrá de los medios necesarios para reconstruir lo que ha sido destruido. A esto hay que añadir los derechos de paso que cobra a los buques mercantes que atraviesan el estrecho de Ormuz.

Cabe destacar también una consecuencia geopolítica directa del conflicto en torno de Irán, como es la división dentro de la alianza occidental entre EEUU de Trump y la Europa liberal y globalista. La reciente visita a EEUU del monarca británico, Carlos III, quien en su discurso ante el Congreso hizo un llamado a la «defensa colectiva de Ucrania» invocando el artículo 5 del Tratado de Washington (¡a pesar de que Kiev no es miembro de la OTAN!), indica que la falta de apoyo de los aliados en la aventura iraní es un claro llamado a restablecer la unidad occidental precisamente sobre una base antirrusa; todo lo demás es secundario. En Europa ya no ocultan que, si se da el caso, «aguantarán» a Trump, pero de ninguna manera aceptarán una solución al conflicto ucraniano.

En realidad, no se niega que Ucrania sea solo el inicio de una nueva guerra de Occidente contra Rusia y que las élites occidentales estén decididas a convertirla en una batalla decisiva y definitiva de carácter civilizacional. Y aquí se presenta una situación interesante para Rusia, que podría resolverse muy pronto en un sentido u otro. Si Rusia participó en dos guerras mundiales, en las que, aunque de manera diferente, se definieron las relaciones entre los grupos de países occidentales, y en la Guerra Fría nos enfrentamos a un Occidente ya unido, ahora nos encontramos ante un Occidente dividido, debilitado en lo militar y en cuanto a su desarrollo político interno. Su consolidación solo es posible a costa nuestra.

Carlos III mencionó muy oportunamente la quema de la Casa Blanca por parte de los ingleses en 1814, ya que esto nos recuerda a nosotros y, tal vez, a Washington los aspectos positivos de nuestra historia común, incluyendo el apoyo del Imperio ruso a la Revolución estadounidense y a los norteños en la Guerra Civil de EEUU. Es decisión de los estadounidenses, pero, curiosamente, el Oriente Medio nos remite a la época anterior a la ideologización de las relaciones internacionales en el siglo XX.


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