Santo Domingo.- Gregory Adames, encargado de reservas del Jet Set, todavía recuerda cada sonido de aquella noche. Cada grieta, cada caída de un pedazo de techo, cada grito. Media hora antes de que la estructura colapsara, Remberto Durán, un cliente habitual, recibió un pedazo de plafón en la cabeza.
Adames corrió hacia Maribel Espaillat (una de las propietarias del establecimiento), señalando el peligro.
“Ese pedazo que está ahí fue el que le dio… eso es peligroso, eso puede matar a una gente”, contó.
Era apenas la advertencia inicial. La lluvia caía sobre la lona azul que intentaba cubrir el techo defectuoso, goteando como si alguien estuviera vaciando un balde sobre los asistentes.
“Desde que llovía, por ahí bajaba el agua como si tú la estuvieras vaciando directo”, relató a la periodista Alicia Ortega en una entrevista para el programa El Informe con Alicia
A pesar de sus alertas, la respuesta fue mínima: solo se colocó un guardia para impedir que los clientes cruzaran la zona peligrosa. Entre los fallecidos se encontraba Omar Ogando, quien trató de proteger a los demás y perdió la vida en el derrumbe.
Gregory estaba allí, observando el peligro crecer. “Yo vengo donde él, nos movemos hacia el lobby… hablo con la señora Maribel: ‘Doña, ese señor que le cayó el pedazo ahí, es lo mismo que yo estoy diciendo desde temprano, es lo mismo que estoy advirtiendo del techo’”, recordó.
Hizo señas con un láser, intentando que alguien viera lo que él ya había identificado: un techo que amenazaba con desplomarse sobre todos.
A pesar de sus esfuerzos, la tragedia no se pudo evitar. “Todo al mismo tiempo, todo oscuro y gris… lo único que me salió fue dar en el bar y mirar hacia arriba, preguntándole a Dios: ‘¿por qué?’”, contó con la voz entrecortada.
Una columna lo golpeó, dejándole heridas en brazo y costado. Los gritos de los atrapados resonaban mientras trataba de auxiliar a quien podía.
Adames conoce cada rincón del Jet Set; era encargado de reservas y sabía exactamente dónde estaban sentadas las personas aquella noche.
Señalando los escombros, recordó a los fallecidos: “Frente al bar, como donde está el tubo soportando esa viga, había una fila… estaba sentado el señor Martín Polanco… dos mesas más allá estaba el señor Remberto Durán con su esposa; ella falleció. Al lado estaba Felito Musi… Nael Nolasco… toda la gente del Jet Set era mi familia. Era mi familia”, relató con un hilo de voz.
El testimonio de Adames no se limitó a lo que ocurrió esa noche. Registró cada advertencia y cada intento de prevenir la tragedia. A Antonio Espaillat, propietario del local, le envió mensajes por WhatsApp:
“Don, hay un tema importante que hay que revisar en la discoteca. Los plafones que se están rompiendo… eso es peligroso, eso hay que revisarlo.”
“Manuel (el encargado de mantenimiento), de inmediato, llámalo”, respondió Antonio.
«Sí, él está aquí», contestó Adames, quien seguía insistiendo en que se revisara la estructura antes de que fuera demasiado tarde.

Adames escuchaba sonidos extraños mientras se realizaban los trabajos de mantenimiento: pedazos de concreto cayendo sobre los plafones recién cambiados.
“Era como usted agarra una piedra y la deja caer encima de algo hueco. Sonaba ¡pop!… le enseñaba una foto que yo le envío a Don Antonio y él se la reenvía a Manuel”, relató.
“Le dije: ‘¿Por qué no buscas de dónde cae el concreto? Porque si cae pedazo es porque hay un problema’”.
El derrumbe ocurrió el 8 de abril de 2025, sepultando la alegría y dejando un rastro de muerte y desolación. 236 personas murieron y más de 100 resultaron heridas, incluyendo figuras del arte, la política, el deporte y la medicina.
La tragedia estremeció a toda República Dominicana y países vecinos, convirtiéndose en el desastre más mortífero del país que no fue causado por un fenómeno natural ni por un conflicto bélico.
Hoy, a un año del colapso, el caso se encuentra en fase preliminar. Los hermanos Antonio y Manuel Espaillat, propietarios del local, enfrentan acusaciones por homicidio involuntario y golpes y heridas involuntarias, según establece el Ministerio Público.
Sin embargo, cada grito, cada gesto, cada nombre perdido siguen vivos en la memoria de Adames: “Escuchar mi nombre debajo del escombro… tratar de ayudar y no poder hacer nada. Es algo que uno no lo olvida nunca”, dijo.
Su relato no es solo un testimonio de horror; es un recordatorio de la negligencia que costó vidas, del valor de quienes enfrentaron el caos y del dolor que permanece entre los sobrevivientes.
Adames volvió a la “zona cero” y enfrentó el panorama desolador: “Yo no me siento preparado para volver a ver un lugar así… enfrentar todo lo que pasó ahí, es difícil de verdad. ¡Bua! Esto es difícil. Ha pasado un año, un año y es como si fuera el primer día para mí. Nunca en mi vida me imaginé ver ese lugar así”, confesó.
Cada paso que da desde el techo del edificio vecino, observando los escombros que aún permanecen como testigos silenciosos del horror, parece cargar con el peso de cada vida perdida.
La tragedia del Jet Set no se mide en cifras: son personas, familias, amigos. Y Gregory Adames, con cada palabra que pronuncia, mantiene viva la memoria de todos ellos.
Katherine Espinal, El Día
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