APOSTILLAS
Federico Sánchez -FS Fedor-
Al decir del escritor Mario Vargas Llosa ¨…en una sociedad donde impera la indecible violencia, atizada por la miseria, el desempleo, la desesperanza, la droga, la corrupción, y una criminalidad sin frenos, no ha de sorprender que surja el sicariato que por una suma monetaria le descerrajan un tiro a cualquiera¨. Y en ese sentido, el sicario está considerado como un malechor social. Infringidor de las leyes estatuidas. Un ser que delinque a diestra y siniestra en cualquier estamento social o institucional.
El malhechor social o el antisocial, pienso, como yo si fuera un experto fiscal que acompaña una comitiva persecutoria tras un disociador, señalado como culpable, llámese delincuente, asaltante, ladrón, facineroso, forajido, bandido, salteador, etc., y que cada vez más abunda en la sociedad, puede ser cualquier persona, independientemente del lugar que ocupe en una sociedad.
En la medida que aumenta la población, crecen los que delinquen. Y mientras los gobiernos no se apuren en resolver las dificultades, como la debilidad de la educación preuniversitaria, el desempleo masivo, el crítico sistema de salubridad y del entorno público-social y natural de higiene pública y ecológica, la escasez del deporte, entre otros no menos problemáticos, se incrementarán las noticias ofreciendo datas sobre ese mal delincuencial que nos afecta a todos.
En este país, décadas atrás, sólo eran delincuentes los que atracaban. Ahora no, ahora y a todas horas, se transgrede de múltiple forma, siempre para un beneficio personal, muy propio.
Son muchos todos los que hurtan a los ciudadanos, sin importar la modalidad. También los burócratas de cuellos blancos delinquen.
Delinquir, de cualquier forma o manera, es una peculiaridad que falta a la ética. No sólo se es delincuente asaltando o maltratando, o robando, o engañando o hiriendo a un semejante.
En el orden administrativo gubernamental, sólo se necesita un cargo público para alzarse con una suma extraordinaria, suficiente para resolver inconvenientes para varias generaciones familiares. El funcionario se torna indolente, insensible hasta no más poder. Toda partida que administra el gerente de turno y que la desvía hacia usos personales, de forma discrecional, es una estafa a la sociedad.
¿Qué diferencia puede haber entre los primeros –los malhechores de pacotillas-, y los pequeños poderosos que dirigen departamentos públicos con una caja chica rica, abundante en gastos fijos y discrecionales, o los funcionarios que estupran las arcas administrativas del Estado para uso personal y/o familiar, si todos les hacen un flaco servicio a la Nación, un daño socio-cultural a la sociedad toda y sólo para beneficio propio?
Sólo cambia el método, la forma de robar. De delinquir.
Uno puede ser ilegal y condenado, otro puede ser también ilegal pero no condenado; y a veces justificado.
Y el funcionario usa el tráfico de influencia para salir absuelto con una sentencia eximente (como dicen los abogados), o sea, se confabula con los que deben aplicar la justicia.
El estado de corrupción del Estado es tan vasto que basta que un político sea un influencer para tener una gracia, tanto de su partido, como de los que están coludidos con este sistema insensible, los que no aplican correctamente los estatutos jurídicos que salvaguardan los erarios del Estado, pequeñas arcas atiborradas de efectivos libres, dispuestos para… todos y para todo aquél que tenga cierto poder político, y hasta económico.
Lo mismo ocurre en muchas otras instancias del poder estatal, gubernamental. Hasta en los sectores militares y policiales. Y no sólo delinquen los altos oficiales, también los de rangos bajos.
Un raso y un cabo podrían sentirse inquietos, pensando en una posible táctica para poder finiquitar al sentenciado, al melhechor condenado, de enviarlo a otro mundo, al de los muertos, para que no pueda hablar y denunciar la posible participación intelectual del civil u oficial que dio la orden para ejecutar el plan macabro de lesa patria, o de lesa arca estatal.
¿Cómo fue que ese raso, o quizás el cabo, pudo llegar a delinquir cuando su función principal es la de salvaguardar la justicia?
¿Será su situación económica, que le impide sobrevivir en este mundo inflacionario y que sólo maltrata a los más chiquitos de los que defienden el sistema de cosas?
¿Por qué, uno u otro, ha llegado a ese nivel corruptivo?
¿Será por la misma situación económica, o hay otras razones difíciles de explicar?
¿Es posible detener las diversas formas de delinquir?
Bueno, es menester, imprescindible, terminar de inmolarme mentalmente, y no seguir con esta perorata, pues ya la corrupción se ha tornado consuetudinaria, y se extiende masivamente hacia todas las ramas sociales. Es un mal de esta sociedad que nos gastamos, predominada por las relaciones sociales de producción ultra capitalistas.
El autor es Periodista, Publicista, Cronista de Cine, Catedrático -universidades O&M y UTESA–. Escritor -Poeta, Narrador, Dramaturgo, Ensayista-. Se declara Humanista Universal. E Mail: anthoniofederico9@gmail.com. FaceBook: Federico Sánchez. Wasap: 809-353-7870.
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