Federico Sánchez -FS Fedor-
EL ANTIDELATOR (Relato)
Atravesamos un pasillo largo, interminable, a cuyos lados, puertas y ventanas parecían que corrían a nuestros pasos; pienso en Dante y su trayectoria hacia el infierno, y digo infierno en semejanza a ese lugar que seguramente nos conducen, porque apenas hemos entrado en este palacete y ya las pírricas miradas más que displicentes, interrogadoras, nos persiguen mostrando esas sonrisas, una picardía gozosa. Me atraganto, camino más lento, pero mi garganta se irrita, su sequedad tiene su antecedente, más de media hora corriendo, vociferando, enarbolando consignas políticas; intento carraspear como una forma de ensayar la pérdida de la timidez, pero me sale una tos seca que no causa admiración de mis acompañantes, sino el fruncimiento de cejas y un manoplazo por la espalda a ritmo descortés que monotoniza esa melodía quebrada del resoplido de la nariz.
Segundos después nos detenemos, y uno de nuestros vigías levanta su rauda mano ruda y toca tres veces el portón que al abrirse un murmullo en contrapunteo se entremezcla con esa mirada viscosa que nos grifa el alma. Ahora entramos y nos colocamos, sentados en forma ovalada, en dos largos banquillos que improvisaban esas figuras geométricas; debo mantener la serenidad, me calmo, respiro con delicadeza, dar ejemplo de seguridad para que mis compañeros no se sumerjan en un estado de capa caída; debo soportar las miradas rectas, aguantar el estallido rencoroso de la palmada en la espalda, esa manopla ideológica, mezcla de escarmiento y de asechanza constante que busca la baja, el retiro, la falta de fe en el futuro, el abandono total de los ideales.
Otra vez la puerta, el murmullo quisquilloso, intrigante; sonidos tras la vuelta del pasillo y esa imagen que se acerca con pasos jadeantes, capaz de que se le salude rectamente y con la mano en la ojera; armónico, con la sonrisa a flor de labios, seguro de sí mismo. Inician el interrogatorio y me imagino su táctica; otros jóvenes acusados, de miradas suaves, se mueven, me topan, interrumpen mi estrategia para adivinar esa táctica: unión y lucha de contrarios inmersos en una timidez y una rencorosa seguridad, armonía desarmónica. Una pregunta. Silencio.
Es como el primer día de clase, que nadie responde en tanto la profesora de infantes, encantada, ahí, disparando preguntas al no saber por dónde empezar el tema del día. Pero éste sí sabe por dónde va, un latigazo fuerte de voz lanza, colérico, y su iracundia se entre cejas en mis ojos; me distraigo, busco una esquina donde posar mi mirada, entreabro los labios, cree que voy a darle una respuesta, saco la lengua y humedezco la parte superior de mi boca, posadera de mi incruento bigote; la ira estalla nuevamente, tiemblo, vacilo, pienso en el resultado, en la debilidad de mis compañeros si respondo a sus exigencias; si el objetivo de esa emisión volcánica, que son sus sonidos vocálicos, es amilanarnos estamos perdido, una sola palabra y directo a la tortura, la espada y la pared, abjuración o intransigencia, “Bueno usted sabe, lo hacemos por la causa”, confesaría, pero no debo.
Sólo lo pienso. Contesto a mi manera, en defensa mía, de la causa: “No sé cuál es la clave, apenas recuerdo algunos nombres, motes quizás, sólo recibo informaciones de alguien que a la vez recibe de otro y así, la cadena es interminable; soy reciente en la Organización, siempre me imaginé, desde mi uso de razón, pertenecer a una organización con ideales sociales convincentes; apenas soy un miembro de los de abajo, usted sabe, de la dirección media, lo que pasa arriba no lo sé, ni sé cómo se mueven; a lo mejor ustedes saben más que yo con su red de espionaje y de seguridad; no puedo decirle eso, pues no lo sé, sé que existe, pero ni me lo imagino, apenas tengo noción de cómo funciona, yo tan sólo canto, hago algunos shows de entretenimiento y esparcimiento, de tomas de conciencia a través de las canciones y la música, pero no tengo otras funciones…”.
“Sí, comprendo -sigo contestando- que es su trabajo investigar, indagar, pero han escogido un mal candidato para eso, no sé gran cosa, apenas me reúno con un organismo inferior para tratar asuntos organizativos, de ganar nuevos adeptos; yo funciono principalmente mediante el colectivo cultural, mi mejor manera de atraer, de convencer sobre la justeza de nuestra lucha, del porqué de nuestra existencia; pregúnteme sobre eso, de ahí para arriba no sé más nada, no he recibido informaciones de cómo funciona todo eso que usted me dice; cómo puedo saberlo si sólo tengo poco tiempo con ellos, si sólo soy uno más de los de la base, si apenas recibo el mínimo detalle de los planes organizativos y algún que otro informes no menos importantes; no tengo noción de cómo funciona”.
Creo que lo convenzo, espero convencerlos, antes que sigan porque no sé si podré soportar esas miradas trémulas que me miran sin piedad y más con ese fuete que tiene en la mano; necesito salir de aquí, ya pronto se celebrará los “Siete Días con el Pueblo” y debo participar con los muchachos, ofrecer el pequeño recital que hemos preparado, principalmente esa nueva versión que hemos hecho de la canción de Mercedes Sosa “Me gustan los estudiantes”.
“No, no sé, cómo se produjo ese hecho, -respondo sin aprensión- apenas tengo informes de prensa, sí, sé de algunos heridos y varios muertos; me he enterado por la prensa”.
Sí, soportaré esta descarga eléctrica nueva vez, quiero tragarme esa verdad que casi me sacan, me tragaría esta verdad, de seguro que me la tragaría, si mis párpados no asumieran esta decadencia que se ha apoderado de esta década del 70, y mis labios, incapaces de cerrarse voluntariamente, no se agrietaran.
“Ah, sí, sí, conozco algunos nombres”, -siguen interrogándome y yo esquivando-, “pero tan sólo de los que siempre me rodean, en las reuniones, en las presentaciones de nuestro arte popular, que es público, y todos los conocen, Luisa, José, creo que Miguel, pero sólo eso, no nos conocemos los apellidos, el mismo mío sólo lo conocen dos o tres, incluso algunos me llaman Fedor, otros Inocencio, y así por el estilo; es cuestión de seguridad, ustedes comprenden…”.
¡Ay!, si esta invalidez de mi cintura y de mis rodillas no se doblegaran, porque son las que me contienen, que soportan esta conciencia que aún no se inmuta, y que tranquila como está aún no vomita esa flema pudibunda de la delación. Que así sea.
-Otoño, 1984-.
De… Al final de la escapada… y otros cuentos desempolvados -1980-2002-
El autor es Periodista, Publicista, Cronista de Cine, Catedrático -universidades O&M y UTESA–. Escritor -Poeta, Narrador, Dramaturgo, Ensayista-. Se declara Humanista Universal. E Mail: anthoniofederico9@gmail.com. FaceBook: Federico Sánchez. Wasap: 809-353-7870.
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