ACOPIOS LITERARIOS…6

Federico Sánchez -FS Fedor-

AL FINAL DE LA ESCAPADA (Cuento)

Caes y qué forma de caer tan desgraciada, tan desgarbada, desgarbante, inmisericordioso. Apenas pudiste pensar en tantos ajetreos matinales, en tu maquillaje perfecto, disfrazado; para qué, para que en menos de media hora caigas así tan de repente, desaliñado, irreconocible; para qué tantos años de sueños, de lucha, de escapadas en las madrugadas frías y apagadas, tantas reuniones planificando el futuro, tanto cambio de ropaje, de introducirte por las ventanas a cualquier hora para que no te vieran los vigilantes del frente o los de las esquinas, esos receptáculos de borrachos y vendedores ambulantes falsos o camuflajeados; tanto afeitarte la candorosa barba acariciada desde hace un mes que comenzó a crecer para transformarte en otro, barba montaraz pero armoniosa, para que unos minutos después te ladearas en precipitación hacia un abismo insalvable, hacia un lecho pedregoso, de rocamares puntiagudas, como esas sanguijuelas humanas con bayonetas en manos.

En esos últimos minutos alcanzaste a pensar en tu sobrenombre “M-L”, que identifica a una de las tantas ideologías de este mundo, con pretensiones universalistas, adherida a una verdad consumable. Pocos minutos atrás apenas eras muralla inescarpada, aún antes de salir a la calle, cuando logras abrir los ojos, te quitas la frazada que te cubre del frío seco, elevas tu cuerpo, observas el reloj, 7:30 a.m., de un martes cualquiera de 1974, comprendes que dentro de media hora debes alistarte, tomas el cepillo de dientes, luego la brocha y la navaja de afeitar para redecorar tu barba y crear el cerquillo perfecto; arqueas las cejas buscando una imagen tuya irreconocible, una figura contra-detectora, de esas que usan los servicios de inteligencia que ya tú conoces.

Prendes la estufa y un fuego apacible se entremezcla con tu sentido de la realidad, aromatizado luego por un sorbito de café nativo; te bañas, y la helada agua conduce tu imaginación hacia aquella tormentosa noche a un hilo de ahogarte, en esa celda solitaria sin salida, tan sólo con ese orificio en la parte alta por donde fluía un aguacero también helado que poco a poco fue llenando esa tinaja-cárcel de hierro y cemento, donde te encontrabas hasta rebosarte (casi) y tú que levantas la cabeza, todo el cuerpo, pero inútil, el borde superior te aplasta, pero el cierre del grifo detiene el correr del agua, como ahora que desesperado, impulsado por una fuerza inconsciente tuviste que detener esa lluvia que te caía desde la tubería del baño, y que te ahogaba; te secas y sales disparado hacia el dormitorio a cambiarte de ropa, tu compañera del lecho conyugal respira profundamente sobre la cama, la observas, y piensas en La Gioconda, en una Mona Lisa sin sonrisa, con la boca abierta pero sin ese espectro risual desdibujado en sus labios.

Comprendes que la ama, pero quizás fue la ascensión que tuviste anoche en el acto de amor, luego de más de un mes escondido en un lugar irreconocible y apartado de la ciudad, cuyo escondrijo abandonaste porque era crucial una reunión para trazar los nuevos planes estratégicos de expansión y difusión propagandística y de otras índoles que hicieran renacer, regenerar las actividades de la Organización. Piensas en lo que será tu primer discurso al salir de la clandestinidad, en lo que sería la nueva metodología del Partido, y en esa frase extraordinaria que has ensayado mentalmente, piensas:

“Debemos llevar los principios partidarios hasta su máxima consecuencia…”, y sigues pensando en lo que sería tu intervención en el encuentro, tu discurso central “…la verdad es que todo se perfila como una tarea difícil, pero en el fondo resultará más fácil de lo previsto, y estando todo como está, lo lógico es que busquemos una salida satisfactoria que convenga y devenga en beneficio para la mayoría. Todo está claro. Históricamente está determinado, como determinado está la historia a darnos la razón, que sólo el poder de la voluntad, de la intransigencia, de la perseverancia, y esto lo digo sin reverencia, es lo que determina, en última instancia, esa salida que buscamos y que, hasta cierto límite, invade nuestro sentimiento, nuestro sentir y pensar, nuestro odio, nuestro amor, nuestra venganza sin apasionamiento y nuestra bajas, en fin que nos aprisiona y nos inquieta, provoca latidos fuertes, y el tum-tum del corazón que nos levanta el ánimo para volver, integrarnos, no caer ante el vértigo de la estocada, el puño en plena cara, o la recaída en un letargo después del manotazo duro que intenta destrozar todas nuestras teorías, compañeros, sobre el devenir histórico, precedido de un quehacer pragmático, cuya instancia se relaciona inconfundiblemente con interpretaciones, con las explicaciones instaladas, asimiladas en nuestro lóbulo teórico ya materializado, aún en el pensamiento, provocando vuelos y transición, transición después de la praxis social inevitable, porque toda ternura llega después del espanto, del susto inconfundible, de la palabra constelada en el futuro, camaradas.

Y toda impresión debemos buscarla en su lado más débil, cada flacura y cada flanco, en la ebullición del renacer, en la tarde que le sigue a cada mañana o en la mañana que le sigue a la noche y le precede a la tarde, porque de lo contrario caeríamos en una transición confusa, en una práctica sin teoría, justa y previa, en una verdad a media que, destruida paulatinamente, irregular, nos puede ir dando ramalazos irremediables, desdoblando toda acidez mental, resquebrajando irremediablemente la cabeza, esa cerviz intelectual, quiero decir, ante toda asechanza demoledora, ante…”.

Y ahí mismo paras de pensar, se te hace tarde. La verdad es que todo se perfila como una tarea difícil como habías pensando, pero en el fondo todo es posible, te reiteras. Crees que la correlación de fuerzas y las coyunturas electorales que se avecinan no son muy apropiadas, en esta década de los 70´s, tan convulsa y estrepitosa.

Tomas el café, endulzado una vez más con tus escuálidas manos que tantos manifiestos, proclamas, ucases y consignas políticas han escritos. Bajas por los escalones traseros, sales, con sigilo y parsimonia a la calle, ojeas, inclinas y ladeas la cabeza buscando caras conocidas; transitas sin miedo o al menos sin mostrar timidez que descubran debajo de tu manto a un perseguido por el régimen de turno; cruzas sin aspavientos, calles y aceras; en cada instante, cuando le vas a pasar por el lado a las personas, te alejas un poco, sientes una sensación que te grifa los vellos públicos, piensas que es por la cercanía del lugar de reunión, sientes pasos detrás de ti, aceleras los tuyos, no sabes por qué, no miras, no das vueltas hacia atrás, pero los sientes cerca.

Piensas en la primera secuencia del filme “La Chica Terremoto” en donde su director, Peter Vodanovick, pone a uno de los personajes detrás de otro en franca persecución, cruzando calles y avenidas y el primero se mantiene mirando hacia atrás constantemente sospechando que lo persiguen, “…pero yo no lo haré” -piensas-, no miraré hacia atrás para que no sospechen de mí”, error imperdonable de tu parte, falta de táctica de la técnica de evasión, pero aun así no te controlas, te intimidas, esquivas la mirada, sientes deseo de evadir, tienes que hacerlo, sí, tienes que evadirlo, a última hora intentas escapar, triste final el tuyo, infeliz, es tarde ya, ahora sólo caes, y qué manera tan estúpida de caer, de qué modo, tan desaliñado y superficial, como todo un actor aprendiz sobreactuando, y pensar que por culpa de esa maldita ráfaga de tiros que se incrustaron en tu cuerpo ya no te enterarás de los resultados de la reunión.

Verano, 1987-.
Del libro: AL FINAL DE LA ESCAPADA… y otros cuentos desempolvados -1980-2002-

El autor es Periodista, Publicista, Cronista de Cine, Catedrático -universidades O&M y UTESA. Escritor -Poeta, Narrador, Dramaturgo, Ensayista-. Se declara Humanista Universal.  E Mail: anthoniofederico9@gmail.com.         FaceBook: Federico Sánchez.  Wasap: 809-353-7870.


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