De Federico Sánchez -FS Fedor-
Lo cierto es que nunca podía imaginármelo. Nunca pensé que al final de la jornada nos íbamos a ver de nuevo en una circunstancia tan contradictoria, al menos para mí, como la que estamos enfrentando tú y yo en estos momentos, claro sin que tú lo sepas. Ahora que te veo, yo aquí postrado a la mesa de este bar de mala muerte, vaso en mano, tomando unos tragos tranquilamente, como si nada importante estuviera pasando, pienso cómo hemos crecido, si apenas hace unos ocho o nueve años jugábamos belluga, como dos infantes inocentes del mundo y su «circunstancia», poseídos por unas bolitas mágicas cristalinas, que se incrustaban en nuestras manos y se enredaban en los dedos, delgados y largos como ésos los nuestros, ya que éramos flacos y larguiruchos, y esas bolitas ahí, mágicas, como gotitas de agua petrificada a base de fuego y hollín por la maleabilidad que produce el calor, siempre con nosotros, invadiendo todo nuestro cuerpo, en los bolsillos, dentro de una funda de papel, o escondidas en escondrijos caseros inescarpados.
Recuerdo que «…cogías cuerda» conmigo, a veces hasta te irritabas, te enfurecías, porque mientras jugábamos al «Ponti», que era colocar una bola, que le decíamos «Bon», en un lugar específico y el contrario, con otra bola le tiraba hasta darle o «matarla«; y mientras tú me tirabas con tu «Bolón culebrón» en los lugares o escondites más difíciles, que era mi táctica para que no mates mi balón, pues si me ponía fácil, tú me matabas. ¨Oye, tú si corres¨, me decías, y el objetivo era evitar eso, y que fallaras y quedaras cerca de mi Bon cuando me tirabas y así poderte matar y ganarte una buena tajada de tus bolas. ¨Pero no corras tanto¨, me repetías, “…no te escondas tanto, ponte en lugares que uno pueda ver tu Bon», y así sucesivamente vivías quejándote y yo tranquilo, con mi estrategia de buen jugador y siempre caías en mi trampa. Y ahora veo que has vuelto a caer en la trampa, pero no de una recreación infantil, sino de un juego peligroso, como ha sido ese de engancharte a miembro de una banda de facinerosos, parapolicial; mi suerte es que tú me recuerdas con agrado, con cariño, sin venganza, por las tantas bolas que te gané allá en el barrio de la José Martí con Eusebio Manzueta, frente al colmado de Fabio, o en la otra esquina, en la Concepción Bona, en la farmacia Josefina, que tenía un terreno delante de la acera que era bueno para jugar canicas, o detrás de la carnicería de Cheo, que era un terreno pedregoso, con montículos rocosos y cuevas o escondites pequeños. Ahora no, ahora la cueva en que te has metido es un «Barril sin fondo», una «Boca de lobos». Pues bien, pienso que contigo me he salvado, gracias a que me recuerdas con ternuras y nostalgia, porque si no, estuviera como esos que están ahí, pegados a la pared, apiñados, dando las espaldas a los poli, mientras los revisan de arriba abajo y pidiéndoles cédulas de identificación personal y ¨…¡ay! de aquéllos que no la tengan¨, pues quedan detenido al instante, y les vocearían ¨…súbanse a la guagua, rápido¨, e irían directo al cuartel que comanda el teniente Colombo, detenidos por sospecha legítima y otros cargos no menores, quién sabe por cuánto tiempo, ¨…déjenlos ahí hasta que se pudran¨, les vocearían. Qué suerte la mía que me reconociste, cuando llegaste con ese grupo, con su aparataje, su parafernalia militar, pero civil, contradicción inconfesable, pistolas en manos, atropellando verbalmente a todo el mundo, y empujando, dando manotazos en las espaldas, y ordenándoles dejar sus vasos de bebida en las mesas, y ¨…colóquense contra la pared, de inmediato¨. Y cuando yo iba a colocarme me dijiste: ¨Ey, loco, cómo estás, no, ponte aquí, tú eres de los buenos¨. Esa actitud, ese recuerdo grato vivo que aún mantienes en tu cabeza loca sobre nuestros tiempos cuando éramos «… felices e indocumentados», creo que es lo que me ha salvado, Francisco, que Fau te decían para aquellos tiempos inocentes, pero desolados. Entonces es cuando decido, ahora, hacerte una seña de lejitos, eso sí, un ademán disimulado, de que me voy, y me dice que sí, con un leve gesto de la cabeza, y en ese momento es que te sientas, placentero, “…a tomarme un trago, ahora¨, que fue así que lo expresaste, como quien dijera, ¨…luego de esta faena a beber¨, ¿eh?, y a observar cómo tus subalternos obedecen; veo que miras esa escena que tanto placer te das, no sé por qué, pues te ríes satisfactoriamente; y luego, tú, oh, dichosa suerte la mía, me miras, me devuelves el gesto, repetitivo, como tornasol encantado, como diciéndome ¨Sí vete, luego nos vemos¨. Es entonces que salgo, rápidamente del antro lugar, antes de que te arrepientas o venga un superior tuyo y dé una contra orden, pues de ser así, estaría «Preso por la guardia de Mon», pues de seguro que me llevarían a la cárcel, porque en este momento me encuentro sin cédula, y como mi archivo, nada placentero, que tengo allá en el palacio policial no es chiquito, de seguro que me van a preguntar ¨¿Qué diablo estaba buscando usted en ese bar?¨, de mala muerte, por supuesto, y que no frecuentan estudiantes revoltosos como yo. Y ahí sí que no sabría qué responder.
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