Federico Sánchez -FS Fedor-
Al verte así, Chicha, qué tristeza me da; no sabes cómo se me parte el corazón. No sé ni qué pensar. Un dejo de amargura embarga todo mi cuerpo. Me siento triste y nostálgico, a un tiempo. Te juro que lo siento mucho. La vida da sorpresa, a veces. Desde aquí, de donde te veo, casi frente a ti y tú sin saber quién soy yo, porque no me reconoces, 30 años después, pienso que es verdad lo que dicen, que la existencia humana es una caja de pandora, sorpresa tras sorpresa. Mientras pruebo esta fritura de barrio, manjar de graserío impuro, compuesto de batata y plátanos fritos, yuca sancochada y carne de cerdo pasada por aceite y pipián de chivo, mondongo de res refrito, con su tripita y todo, mientras deleito, repito este sartén de delicia, tú estás ahí, velando un chin de su sabor.
Hoy vine a este barrio movido por los recuerdos de un pasado que murió lejano, como dice la canción, aunque impulsado por la cercanía, pues me encontraba a pocos minutos de este lugar, y mientras degusto, veo que se te salen los ojos tratando de lamer a distancia, aunque sea un pedazo de chicharrón, pero no puedes, las limosnas que recogiste en las horas de la tarde no te permiten ni siquiera saborear una alita de pollo.
Me estremezco, casi me pongo a llorar al encontrarme con tu vejez a destiempo, y no es tanto las arrugas que puedas tener, es la fachada, la presentación, tu ropaje de armario viejo, que pareces que estás en la más espantosa de la miseria, o vives en la enajenación mental más estrepitosa; no quiero creerlo. Hasta me remuerde la conciencia degustar estos fritos de plátano en tanto tú estás ahí abriendo y cerrando los ojos a cada segundo, ¿degustando mentalmente?, atrayendo la fritura con la mirada?, tu mirada que fue encanto para la consolación o la desolación de una legión de admiradores. La vejez ha crecido bastante en ti, demasiado diría yo, para tu edad, debes tener unos 50 ó 55 años, más o menos, pero pareces de 65 ó 70 años; es lamentable Chicha, esa vejez tan precoz que se aposenta en tu alma, en tu cuerpo desaliñado; debes de haber sufrido mucho, pasado demasiado trabajo y mucho oficio tendrás que efectuar, si tienes la oportunidad para poder recuperarte de tan cruel martirio, martirio que según me asegura mi contertulio friturero aquí a mi lado, fue provocado por la envidia.
Y en realidad eras tú la envidia del barrio. 30 ó 35 años atrás eras la morena princesa de Villa María, la joven en ascenso más elegante, la más pretendida, la más buscada en las fiestas de bailes, en los encuentros sociales hogareños que antaño hacíamos en las casas de los amigos y que nos turnábamos para realizar una fiestecita todos los fines de semana, para matar el tiempo, para gozar, ya que no existían lugares públicos apropiados, baratos, para pasar el rato, y tú siempre te ponías esos pantaloncitos calientes y vestidos ajustados al cuerpo, tu cuerpo bien delineado, escultural, violinístico, no como te ves ahora, con ese vestido ancho y largo, estropajoso, pasado de moda, lleno de adiposidad y ambulante polvo. Los muchachos hacíamos turnos para bailar contigo, aunque sea una pieza, y mientras ese tiempo llegaba nos conformábamos con bailar con otras. Pero cuando tu turno tocaba, Chicha, qué felicidad, aun fuera sólo una canción, solo los dos, por un instante, pero cuántos instantes en ese intervalo placentero.
¡Oh, Chicha! qué tan diferente te ves. Recuerdo que después de la revolución de abril, en 1965, eras apenas una adolescente, con los 16 ó 17 años a flor de piel, tu cuerpo explosivo, las curvas más perfectas de todas las chicas del barrio, esbelta y alta como las palmeras del patio de Doña Mimita, radiante a la luz solar, cuerpo que se nota aún cierto nivel de perfección, sí, por debajo de ese vestido sabana, ese vestido pradera con dibujos florales ya desdibujados, aún se te ve cierto nivel delineado hacia una figura que al parecer fue perfecto. Eras provocación a pedir de boca, la delicia de esta calle, la 13, hoy Doña Chucha, Chicha, cuando caminabas, con tu garbo elegante, tu andar sinuoso, tus glúteos aposentados, que eran génesis de los deseos más intensos, un vaivén olativo, olas recelosas transparentes; Meneíto te decían a tu paso, y tú con tu cadera cadenciosa a pasos de vencedora, “Ahí va Chicha”, decían, “…la de los ojos verdigrises”, la espejeante, la que pone a los varones a pensar en lo que no están, “Chicha, Chicha”, repetían, “…la de los brazos sedosos”, Chicha, la caminante estruendosa, al ritmo de un velamen en alta mar, como los fuinfuanes de San Juan, como queriendo bailar un son montuno de Johnny Pacheco y su tumbao. Cuando caminabas, recuerdo perfectamente, no había hombre que pasara a tu lado y no te mirara, o volteara la cara, ni hombre que estuviera parado en las aceras que no quedara alelado, con tu fuínfuán alondriado, gacela saltimbanqui, con tu runrún explosivo de tus muslos al rozar, y decenas de hombres, adultos y jovenzuelos, enamorados, enajenados, alienados, estupefactos, presos del color sudoroso de tu mirada terrible, tu mirada, Chicha, que era una estela gigante bordeando las costas marinas, caribeñas como tú; varones que por un momento se olvidaban de todo tipo de problema, hasta de la represión política del momento, o la opresión económica, de alienación cultural arrabalizada.
Supongo que debes recordar, Chicha, cuando una vez nos emburujamos con la policía, a la salida del Liceo Juan Pablo Duarte, y ellos nos tiraban bombas lacrimógenas, y nosotros piedras contra ellos, y yo tuve que socorrerte urgentemente con un pañuelo húmedo de agua para empapar tus ojos llorosos, tus ojos verdigrises cristalinos, que no se sostenían por un instante abiertos, y yo los pude ver por primera vez tan de cerca, que sólo me escuché decir !guao!; y cuando se supo sentí la envidia de la mayoría de tus pretendientes, pero principalmente de uno de ellos, que era el más “encantado” por tus encantos, el trigueño-moreno, “Joaquín el Cuentista”, tu eterno y loco enamorado, el más agresivo, el más decidido a conquistarte, que no paraba de seducirte; ya si ibas al colmado, ya si ibas al colegio, ya si ibas donde tu hermano al doblar de la esquina, ahí iba Joaquincito detrás de ti, dándote mente, pidiéndote amores, prometiéndote villas y castillos y hacerte cientos de cuentos para que te rieras a carcajadas lindas, a mandíbulas batientes, y ofreciéndote mil diabluras más, con tal de ganarse tu afecto, tu sí definitivo, y que lo salvaría de la desolación, y tú nada de nada, Chicha, ¿recuerdas?, y él como esperando esa oportunidad, porque Joaquín deseaba más que nadie ese sí, pero tú siempre negativa, porque nadie del barrio estaba a la altura de tus encantos de trigueña en celos permanentes, alevosos, terribles, insoportables, con esos ojos atrevidos, cavidades donde la lujuria se presta para el encanto, con esa cadera de cabra encendida, capaz de inspirar los versos más esplendorosos, incultivados aún por el mayor de los poetas; podías elegir al más alto pretendiente que aún no aparecía, porque eso era lo que tú esperabas, entrenada como estabas por tus familiares y vecinos, de que tú te merecías lo mejor, porque tu cuerpo lo demandaba, y era cierto, Chicha, cientos de pretendientes pisaban tus talones, se acercaban a tu acera, al vano de tu puerta, para exigirte, para domarte, para protegerte de las garras felinas de esos tigres del barrio que nunca te iban a dar lo que tú te merecías como mujer indomable; toda esa fila de jovenzuelos que surcaban tu casa era signo evidente de tu demanda, y tu casa era espacio insuficiente para tanta visitas que te acosaban, y tú ni te inmutabas, esperando un príncipe azul, quizás, el hijo del farmacéutico de la esquina Federico Velázquez con Dr. Betances, que estudiaba medicina, el del hijo del colmadero, que aún no terminaba su bachillerato, el hijo del almacenista allá en la Duarte con 13, cerca de tu casa, sí Chicha, era eso.
Lo cierto es que nunca se te conoció un amante del barrio, de los que acudían a ti; mientras las demás chicas de todas las calles aledañas se morían de envidia, no entendían cómo tantos hombres rechazados vivían pendientes de ti y no de ellas que estaban a la orden del día, qué tenías tú, qué te veían para que no se fijaran en ellas y sí en ti, que tenías lo misma que ellas y fue así, según la mala lengua, y confirmado por este señor que está a mi lado que me cuenta sobre ti, bueno eso dice él, que una de esas chicas envidiosas decidió un día terminar con la situación, “Este relajo tiene que acabarse hoy mismo”; dicen que fue que le quitaste el novio, pero yo no lo creo, tenías demasiados pretendientes para tener que escoger uno comprometido y a oscuras, Chicha, ¿a escondida?, no lo creo, ¿cómo pudiste elegir a uno de los pretendientes con amores públicos con otra?, no lo creo, supongo que si fue así fue porque el novio de ella la dejó, se separó de ella para buscarte, cortejarte, y ella pensó que fue por tu culpa, porque nadie escapaba a tus encantos, ni solteros ni casados ni comprometidos, todos confluían a tus pasos, a tus imperios lujuriosos, logrados al caminar, al bailar, al mirar, al hablar; todos rendían pleitesía a tus designios, todos querían ser agraciados de la mirada de la india morena más encantadora del barrio, tener tus brazos órficos musicales, recibir tu argenta mirada, tocar tus angostos cabellos cuando caían en cascada sobre tu frente, besar los labios más sensuales que ojos humanos hayan besados, labios de miel sabor a canela pura, sedosos, sediciosos, luminosos, y esa muchacha, Chicha, vuelta loca, te echó un ácido encima, sobre tu esculpido cuerpo lozano, salpicándolo todo, corriendo por todo tu cuerpo, palmo a palmo, desde el pecho al vientre, desde un brazo hasta tus dedos angelicales, desde una de tus oscuras piernas sonrosadas hasta tu “Talón de Aquiles”, debilitándolo todo, y sobre todo, y fue la barbarie de tu desolación, en un lado de la mejilla izquierda, que te desfiguró para siempre, Chicha, y marcó ese sino vivencial que hoy acontece en ti, en tu existencia poco envidiable, como fuera otrora, Chicha, y sin marido, sin hijos, sin oficio o profesión, envejecida a destiempo, sin padre ni madre, ya ausentes del mundo de los vivos, y con la vergüenza en el suelo, aunque no te das apuros pedirle una limosna al primer cristiano pecador que te pasa por el lado, para poder comer, para poder sobrevivir y tratar de no vivir en tu pasado remoto, juvenil, glorioso, cuando eras el centro de atención de todo el barrio, como lo eres ahora, Chicha, sólo que ahora te rechazan o se conduelen de ti, contrario a un tiempo pasado, que fue mejor, cuando todo el mundo te amaba.
Se me parte el corazón, siento mucho verte así, Chicha, “…hecha hilo y recomendada para hilacha”, y ya no me queda otro camino que regalarte esos diez pesos que me pides y que me sobran y marcharme sin decirte nada, sin dirigirte la palabra, sin decirte que yo también, Chicha, que yo también deliré por ti.
2006.
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