Federico Sánchez -FS Fedor-
Relatos…
Los “volantes mariposas” revoloteaban en el aire, ágiles, sinuosamente. Eran líberos o paquines, escritos en papel “Bon 16” o papel periódico blancuzco o de cáscara de huevo, y contenían injurias e improperios contra el gobierno. La policía llegó en el acto al acto de reunión de la muchedumbre estudiantil, perteneciente a diferentes liceos y escuelas públicas, que organizaban encuentros fugaces que se convirtieron en característica “sine qua non” e indistinguible de las décadas de los 60s’ y 70s’; al parecer los organizaban una o dos veces a la semana en diferentes lugares de la ciudad de Santo Domingo; lugares escogidos estratégicamente, en donde se lanzarían los volantes, pidiendo “reivindicaciones sociales” y exigiendo el “Cese a la represión política, mayor libertad y democracia”. Varios de los participantes fueron apresados en el momento en que palmoteaban y vociferaban a través de un altoparlante una frase que se hizo famosa para la época: “U-ni-dad de a-cción con-tra Ba-lag…”; de pronto una Unidad de Acción contra motines llegó, con un aparataje increíble, sonaron algunos disparos por el aire impidiendo terminar la frase. De inmediato fueron perseguidos, algunos maltratados, otros se escondieron en los callejones y patios adyacentes.
Astutamente, Juan López, que era estudiante de arte dramático en la escuela de Bellas Artes, utilizó el ardid de cambiar su personalidad, como si ya antes había estudiado esa posibilidad, por un personaje de teatro. Se acordó, en el momento en que estaba acorralado, que lo iban a apresar, de un personaje que había hecho en las tablas teatrales, un año atrás, y que lo interpretó con el grupo de teatro “Undergroun”, que se presentaba en las bocacalles de las esquinas de los barrios marginales. Cuando uno de los policías lo alcanza a ver, acodado detrás de un carro que estaba en una marquesina cerca del lugar del encuentro político, tan campante y sonante como “Juancito el Caminador”, Juan automáticamente se transforma y se convierte en un “marica”, un homosexual inimaginario, deteniéndolo en el acto, parándolo en seco, al Sargento, que ya iba sobre él; el policía lo mira con cierta rareza, y Juan, con ojos azorados, picarones e inciertos, gesticula y se mueve con ciertos ademanes afeminados; le pregunta que “qué está pasando que hay tantos chicos corriendo aquí y allá”, y el Sargento, con gesto de rabia y apresurado, responde “y usted no ve, !coño!, que están tirando volante contra el gobierno, eh?”
Juan sigue con sus ademanes imperiales teatralizados, tratando de confundir al policía; “¿Eres uno de ellos?”, pregunta el policía, “Quién?, yo?, unjú…”, este último es Juan que le responde, con gestos entrecortados pero firmes y agudizando los matices vocálicos, afinándolos, tratando de confundir al gendarme. “Ay no, qué va, estaré yo loca…” terminando la frase con cierta seguridad, pero en su interior temblaba; se impulsa hacia abajo en gesto de recoger algo en el suelo, precisamente un volante, al querer leerlo inocentemente, lo observa rápidamente, hace un ademán de rechazo y con un dejo de no importarle el contenido, ladea los labios en forma de mueca, pica los ojos y se vira de lado, con una pose más afeminada aún, siendo observado de perfil por el policía, quien a veces gira la cabeza en busca visual de algunos de los revoltosos.
Nueva vez el Sargento, que se queda contemplándolo con una duda incierta en su pensamiento, pero con un rito risual entre sus labios, entre rabia e inseguridad, le dice: “Si no vive por aquí debe irse de inmediato, porque…”, y antes de terminar la frase, de pronto oye el chasquido bilabial de Juan que le dice: “Chao”; el Sargento, perplejo, confuso, lo ve que sale caminando con pasos entrecortados, evadiéndolo, con unos pasitos cuasi femeninos, pero muy perfectos, y como si quisiera volar, como una mariposa nocturna. Sin mirar hacia atrás, evitando que lo llamen; Juan sonríe hacia adentro, pero con el corazón trepidante, salvando el pellejo milagrosamente…
-Enero, 1988-.
LAS FOTOS QUE NOS DEJARON PERPLEJOS…
La madre sintió que se le caía el cielo encima. No entendía cómo podían calificar a su hijo de “forajido”, si era un luchador de la libertad; con los ojos llorosos, y una melancolía indescriptible; no se cansa de explicarse el cinismo y la alevosía del contenido noticioso, escrito despachado y presentado, junto con unas fotos, por las autoridades militares. De las fotografías mostradas por el parte policial, hay una con un pie de foto que dice: “Santo Domingo, 14 de marzo de 1973; Así yacen los cadáveres ultimados a balazos por la policía de Servicios Secretos, que fuera sorprendida por estos forajidos caídos; pero la destreza, agilidad (patadas, saltos por los aires,…debería agregársele) y la preparación e inteligencia de los policías, impidió que fueran éstos las víctimas.” En otra foto del mismo acto se deja leer al pie: “Semi oculto, y detrás de un cadáver de los delincuentes, del que está en primer plano, se nota otra víctima, con el rostro hacia el fotógrafo, con los dos brazos dirigidos hacia la espalda, parecería que tiene unos grillos (esposas) puestos en las manos; bueno, pero no es lo que se imaginan, sencillamente murió con los brazos atravesados, tal como eran sus pensamientos, aborrecibles, inhumanos, diabólicos; y en nombre de Dios y la democracia hemos salvado la nación de un grupo de extremistas que infringieron las leyes y socavaron la paz ciudadana; sólo hemos defendido los valores de la Nación y la justicia social”.
-1983-.
EL TENIENTE CALCULADOR…
El teniente llegó de sorpresa. Se acostumbró a llegar de sorpresa a cualquier lugar desde que fue asimilado, siendo muy joven, en un equipo paramilitar que le denominaban «La Banda» y se especializó en este sentido desbaratando, en las esquinas, grupos de «malhechores» o allanando residencias de posibles desafectos al régimen de turno. Más tarde logró un ascenso motivado por el esfuerzo y la labor realizada, incluyendo el ingrediente de tener un hermano mayor que ya era Sargento. Alto y corpulento, de piel morena-clara y pelo lacio, ojos negros como la noche, de faz suave, tersa y refinada, el teniente Colombino esta vez llegó de sorpresa al cuartel con su uniforme impecable, almidonado y perfumado, y la insignia de su recién rango adquirido, fruto de su labor, logrado pocos años después de su asimilación como paramilitar. Apenas amanecía. El Sargento y el Cabo, sorprendidos, le explicaron el motivo del apresamiento de las dos jóvenes: «Mi Teniente estaban pegando afiches contra el gobierno, a altas horas de la noche. Mire la prueba. Eran seis revoltosos, pero sólo pudimos agarrar a estas dos muchachas.» «Muy bien», dice el Teniente; «pongan en el expediente que fueron asaltadas y violadas por malhechores.» «Pero mi teniente», replica el Sargento, «eso no es posible, cómo podemos comprobar que fueron violadas». «Eso no es problema, tráiganmelas para mi oficina».
De
AL FINAL DE LA ESCAPADA, cuentos, 1980-2002.
El autor es Periodista, Publicista, Cronista de cine, catedrático de universidades O&M y UTESA–. Escritor –Poeta, Narrador, Dramaturgo, Ensayista–. Se declara Humanista Universal. FaceBook: Federico Sánchez. Wasap: 809-353-7870. Email: anthoniofederico9@gmail.com.
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