Apostillas Deductivas 4: Sobre la educación y sus consecuencias

Federico Sánchez (FS Fedor)

El gobierno central quiere quitarle una partida del presupuesto nacional a varios ministerios. Ha enviado una adenda al congreso para su aprobación. El objetivo principal es trasladar otro porcentaje a otras instancias estatales, incluyendo a la Presidencia.

El Ministerio de Educación está dentro del paquete a disminuirle su 4 por ciento, largamente acariciado y logrado por la sociedad civil, que no política. Esta acción denigrante significa amainar recursos de Educación, por lo tanto: menos escuelas, menos preparación profesional para los maestros, reducción de los servicios alimentarios estudiantiles, en sus instancias de primaria y secundaria. O sea, que la educación de los estudiantes públicos, la mayoría de bajos recursos, no es importante para el futuro dominicano.

En mi condición de profesor universitario que soy, me siento herido en mis pasiones más profundas: el magisterio. En los grandes países más desarrollados, al menos en conducta y en avance técnico y científico, siempre se ha tomado la educación como patrón a seguir en el avance general de una nación. No hay que mencionar cuáles países han logrado ese progreso extenso. Son conocidos y son paradigmas. Pero al parecer nuestras autoridades, desde los tiempos de Balaguer (por no mencionar a Trujillo) ningún gobernante ha tomado en serio la máxima de que sólo la educación permite el desarrollo mental, físico e intelectual de sus ciudadanos. Bueno, ¨…cosas veremos, Sancho, cosas veremos¨, se quejaba el Quijote de la Mancha (o se lamentaba Cervantes Saavedra a través de su personaje principal, hoy universal).

Una persona graduada en cualquier materia profesional, avalada por un pensum de asignaturas humanísticas o técnico-científicas, asimila o presupone, con mayores criterios propios, con argumentos más valederos y convincentes, los valores inalienables e irreductibles que deben caracterizar a un ciudadano.

Le permite tener un mejor criterio humanístico de la vida, de las ideas, de los avances técnicos, de la pluralidad ideológica, en tanto sistema, conjunto de ideas de una sociedad. No se inscribe ni se adscribe atado a nadie, ni marcial, y sin coerción individual; en fin, registra una mayor libertad para expresarse, para difundir sus conocimientos, su pensamiento. Se siente garante de una convivencia humana, pacífica. Y en última instancia puede consignarle al individuo su derecho de justicia social, económica, cultural, y de la no menos sustanciosa actividad democrática, que es inconfundible con el derecho a la sobrevivencia.

Integrando a su folio curricular una carrera profesional, un estudiante avanza técnicamente hacia una nueva forma de igualdad económica, empresarial o como empleado. Su futuro inmediato, que lo anhela repleto de grandes satisfacciones profesionales, sería la tarea a seguir. Y en consecuencia, tendría una actividad que hoy se convierte en asignatura obligatoria, en una imprescindible disyuntiva de avance social, con más entusiasmo y carisma, con más disciplina ciudadana, con mayor participación en el sistema profesional, competitivo o no.

Al joven estudiante que quiere convertirse en profesional se le presenta la coyuntura de serlo y saber varios aspectos, veamos: a- que como profesional, a fin de cuenta, se impone en un mundo de sobrevivencia y competición, que inevitablemente le favorece a la sociedad y al mundo a la cual iría a laborar; -b- que adquiere un relieve atractivo e importante como persona, por cuanto todo aspirante a profesional debe comprender, para abrirse paso en un mundo moderno y con capacidad académica e intuitivamente humanista, que sin estudios se le podría obstruir todo intento de evitar una coacción del pensamiento y su secuela de horrores y estropicios ideológicos o violencias políticas o explotación económica; -c- que, como profesional de prestigio y respetuoso del orden público, de las leyes y los demás cánones de la sociedad, en un futuro no muy distante tendría una mayor y mejor seguridad social, importante por todo lo que significa la familia; y -d- que se garantiza un aumento en las fuentes de ingresos, a fin de suplir sus necesidades y las de los suyos.

Obviamente, se vierte imperativo que para mayor prestigio de las escuelas públicas, de los maestros, ya profesionales (los nuevos juntos a los viejos), que se lancen a la sociedad, observen, asimilen conductas intachables en cuanto a sus valores culturales y su conocimiento en materia humanística, técnicas y científica. Que su proceder sea una carta de presentación intachable, una consigna de valor admisible.

Pero por igual, los profesores de esas escuelas, entre otros profesionales de no menos solvencia académica en sus labores de charlistas y conferencistas, deben constituirse en estandartes serios, y preparados, y responsables, en sus labores. Les corresponde ser intermediarios de la instrucción informativa; maestros que funjan de mecenas a la hora de impartir sus conocimientos. Hay que especificar también que éstos podrían ser receptores, acopios de las discusiones plurales, entre alumnos y maestros, ser polemistas convertidos en blancos de dardos que lancen los educandos. Éstos deben sentir plena libertad de oponer ideas, de entrecruzarlas y chocarlas. Quiero decir, convertir el salón de clases en ¨hipótesis, tesis y antítesis¨, en una dialéctica conversacional instructiva.

Entiendo que con estos matices de aires democráticos, los elementos que surjan serán para una mejor compenetración y entendimiento entre esta simbiosis alumno- docente. Y sería bueno enviarles a los maestros, adheridos a sus conciencias claras, un referente, un paradigma a seguir. Será un estímulo, un acicate ético imprescindible, principalmente para aquellos profesionales que permiten que el ¨libre albedrío¨ de las ideas fluya, vuele sin ataduras, sin mordazas, por las cuatro paredes de las aulas.

En consecuencia, es innegable que el presupuesto académico, que diáfanamente debe tener y manejar el Ministerio de Educación, con su 4%, inalienable e indoblegable, asegura, maximiza el inmarcesible derecho del hombre, vale decir, del alumno, a tener un futuro asegurado en un renglón profesional. Es un derecho que debe garantizarse tanto por instancias jurídicas, y sobre todo por un acápite constitucional, y por tradiciones consuetudinarias, y por rasgos y empeños recelosos de los mismos profesionales, de la ciudadanía toda. Siempre debe ser, será, un derecho, impuesto como tarea a seguir. Sin desmayo. Sin desvelo.

Esta tarea debe ser realizada, configurada no al margen de las reglas del juego que precisa el respeto mutuo. Todo lo contrario. Qué duda cabe, el valor más trascendental de la educación está estigmatizado en todos los niveles formativos como patrón de conducta, de superación personal y colectiva, de toda la sociedad.

Paralelo a la preparación escolar y luego profesional del estudiantado, está la educación de la democracia. Debe ser un apego constante, dirigida como sinónimo de igualdad y tolerancia. El derecho de la escogencia debe estar incluido. De esto depende, sobremanera, transparentemente, que una nación se desarrolle hacia los nuevos tiempos de una cultura global (un modelo que es imposible de evadir).

El proceso para que la sociedad se transforme con una cultura sui géneris, envolvente, inclusiva y exclusiva, al mismo tiempo, es vital. Ética y moralmente plausible. Que tenga una diversidad cultural, homogénea y heterogénea, sólo es posible con una comprensión integral de la democracia. Y la educación conserva una sobredosis de participación sine qua non de esa instancia. Es innegable que todos los estamentos sociales deben participar conscientemente. Educando en ese sentido se puede lograr mucho.

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